Sentado en la choza
aguanto con una mano el cacharro
de cerámica, desesperanzado.
Ni la danza mágica,
ni los cantos ancestrales harán
brotar el jugo negro de las nubes.
Mi poblado muere.
Los dientes de los niños al caer
son dagas que me persiguen de noche;
Y el desierto ríe,
descubre su mandíbula de buitres
y cada día devora una choza.
Mi poder no es tal.
Os engañé. No soy un hechicero.
¡ Que el pulso más firme de entre vosotros
guíe un puñal hacia mi corazón
para que en el horizonte aparezca
la ansiada tormenta de la palabra !.
aguanto con una mano el cacharro
de cerámica, desesperanzado.
Ni la danza mágica,
ni los cantos ancestrales harán
brotar el jugo negro de las nubes.
Mi poblado muere.
Los dientes de los niños al caer
son dagas que me persiguen de noche;
Y el desierto ríe,
descubre su mandíbula de buitres
y cada día devora una choza.
Mi poder no es tal.
Os engañé. No soy un hechicero.
¡ Que el pulso más firme de entre vosotros
guíe un puñal hacia mi corazón
para que en el horizonte aparezca
la ansiada tormenta de la palabra !.