domingo, 5 de julio de 2015

REENCUENTRO



       Me reencontré con ella una mañana corriente, en una de esas situaciones en las que el trayecto acostumbrado, por alguna extraña circunstancia, hace de los pasos llaves que abren puertas en el pasado. Su cara corría camino de desfilar ante mí como un globo anónimo más de los tantos rostros de personas que revolotean a mi alrededor cuando se cruzan conmigo por la calle. Únicamente al detenerme la reconocí. Había engordado algo y estaba demacrada, con dos surcos cárdenos bajo los ojos y su otrora color moreno de piel transformado en cenizo amarillento, tal vez por el abuso del tabaco o del insomnio.

      Estaba más loca que nunca con su pelo enredado y únicamente volví a ser consciente de ello cuando, tras unas primeras palabras corteses de alegría por el reencuentro, acabamos sentados en una cafetería tomando algo y comenzó a hablar, a llorar, a derrumbarse... Cualquier persona en mi situación se hubiera alarmado pero yo ya estaba prevenido. Al fin y al cabo ya la conocía de antes. 

      Los hechos insignificantes del pasado, en su memoria enferma, se trastocaron en horrendos crímenes, y así me lo hizo saber, pero yo ejercí de sacerdote y le di la absolución.Su pelo olía e enfermedad, encierro y  medicamentos. Desplegando sobre la mesa todo el caos del interior de su bolso (que debía ser similar al de su cabeza) comenzó a sacar toda clase de objetos: una botella de agua, fotos, algún dibujo... Creo que derramó primero su agua, luego mi café, y como empezó otra vez a llorar y la empleada de la cafetería nos miraba raro, la convencí para dar un paseo, pagué y nos fuimos.

      Volví a recordar que con ella los paseos podían ser eternos y, a mi pesar, nos fuimos en dirección contraria a la que en un principio me dirigía antes de encontrarme con ella. Me regaló una foto y algunos dibujos que tengo por ahí (ya en su día me regaló una estampa de San Antonio que también conservo). Durante el camino se derrumbó varias  veces y varias veces también la levanté, y me volvió a meter en su extraño, caótico y mágico mundo. Me dijo que veía muchas veces a gente anónima con la que se cruzaba por la calle practicando sexo en su presencia (lo cual, bien pensado, debe ser bastante divertido), que escuchaba y veía cosas que los demás no percibían (alguien me dijo de ella que hablaba con los muertos) y por todo eso se sentía mal y la culpa la mortificaba. La convencí de que caminara e hiciera ejercicio, de que respirara y bebiera agua, y al enseñarme una estampa de otro santo le recomendé que lo mirara cuando por la calle se sintiera mal (recomendación bien extraña la mía, dado que no soy creyente). Trabajamos la respiración y la sugestión positiva, y no sé si ayudó de mucho el librito de arte con obras de Leonardo que le regalé al verlo en la entrada de una librería pero el caso es que bastantes metros más adelante se sintió lo suficientemente fuerte como para proseguir su camino sola, y comenzamos a despedirnos. Trató de convencerme para que le diera mi teléfono pero la engañé haciéndole confiar en el destino y en un posible encuentro futuro. Me sugirió que me alejara de lo gótico y yo a mi vez le di un último consejo y le recomendé que no pidiera cigarrillos por la calle, y tras comprender lo conveniente de no pedir nada a extraños e igual de loca pero feliz, la vi irse por el camino de baldosas amarillas que me pareció la acera conforme la iba pisando y en ese raro momento de aquella rara mañana que comenzaba a transformarse en mediodía me sentí, a solas, como el farsante mago de Oz mientras Dorotea se alejaba con sus zapatos mágicos de vuelta a Kansas, a casa de sus tíos.

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