domingo, 5 de julio de 2015
REENCUENTRO
Me reencontré con ella una mañana corriente, en una de esas situaciones en las que el trayecto acostumbrado, por alguna extraña circunstancia, hace de los pasos llaves que abren puertas en el pasado. Su cara corría camino de desfilar ante mí como un globo anónimo más de los tantos rostros de personas que revolotean a mi alrededor cuando se cruzan conmigo por la calle. Únicamente al detenerme la reconocí. Había engordado algo y estaba demacrada, con dos surcos cárdenos bajo los ojos y su otrora color moreno de piel transformado en cenizo amarillento, tal vez por el abuso del tabaco o del insomnio.
Estaba más loca que nunca con su pelo enredado y únicamente volví a ser consciente de ello cuando, tras unas primeras palabras corteses de alegría por el reencuentro, acabamos sentados en una cafetería tomando algo y comenzó a hablar, a llorar, a derrumbarse... Cualquier persona en mi situación se hubiera alarmado pero yo ya estaba prevenido. Al fin y al cabo ya la conocía de antes.
Los hechos insignificantes del pasado, en su memoria enferma, se trastocaron en horrendos crímenes, y así me lo hizo saber, pero yo ejercí de sacerdote y le di la absolución.Su pelo olía e enfermedad, encierro y medicamentos. Desplegando sobre la mesa todo el caos del interior de su bolso (que debía ser similar al de su cabeza) comenzó a sacar toda clase de objetos: una botella de agua, fotos, algún dibujo... Creo que derramó primero su agua, luego mi café, y como empezó otra vez a llorar y la empleada de la cafetería nos miraba raro, la convencí para dar un paseo, pagué y nos fuimos.
Volví a recordar que con ella los paseos podían ser eternos y, a mi pesar, nos fuimos en dirección contraria a la que en un principio me dirigía antes de encontrarme con ella. Me regaló una foto y algunos dibujos que tengo por ahí (ya en su día me regaló una estampa de San Antonio que también conservo). Durante el camino se derrumbó varias veces y varias veces también la levanté, y me volvió a meter en su extraño, caótico y mágico mundo. Me dijo que veía muchas veces a gente anónima con la que se cruzaba por la calle practicando sexo en su presencia (lo cual, bien pensado, debe ser bastante divertido), que escuchaba y veía cosas que los demás no percibían (alguien me dijo de ella que hablaba con los muertos) y por todo eso se sentía mal y la culpa la mortificaba. La convencí de que caminara e hiciera ejercicio, de que respirara y bebiera agua, y al enseñarme una estampa de otro santo le recomendé que lo mirara cuando por la calle se sintiera mal (recomendación bien extraña la mía, dado que no soy creyente). Trabajamos la respiración y la sugestión positiva, y no sé si ayudó de mucho el librito de arte con obras de Leonardo que le regalé al verlo en la entrada de una librería pero el caso es que bastantes metros más adelante se sintió lo suficientemente fuerte como para proseguir su camino sola, y comenzamos a despedirnos. Trató de convencerme para que le diera mi teléfono pero la engañé haciéndole confiar en el destino y en un posible encuentro futuro. Me sugirió que me alejara de lo gótico y yo a mi vez le di un último consejo y le recomendé que no pidiera cigarrillos por la calle, y tras comprender lo conveniente de no pedir nada a extraños e igual de loca pero feliz, la vi irse por el camino de baldosas amarillas que me pareció la acera conforme la iba pisando y en ese raro momento de aquella rara mañana que comenzaba a transformarse en mediodía me sentí, a solas, como el farsante mago de Oz mientras Dorotea se alejaba con sus zapatos mágicos de vuelta a Kansas, a casa de sus tíos.
miércoles, 11 de marzo de 2015
TARRO CON MOSCAS.
de actos inútiles venideros
que una clarividencia en forma de tapa
cercena y caen como dedos cortados
en el fondo del tarro donde aletean
tus edificantes moscas prisioneras.
El tacto muerto en bote cristalino
blasona tu nuevo escudo de armas
y la mano amputada en la oscuridad,
como si se dijera que nunca forjara
una confitura de dolor o de vida,
se aleja como un negro caniche cobarde
y ya nadie la echará de menos
porque en su muñón quedan tus "yos" muertos.
El aire pesado de la alacena,
los torpes gestos del niño que juzga,
el eterno olor de pimiento morrón
pegado a las paredes
del mundo minúsculo.
Para qué más si evitas
tener que dar explicaciones,
para qué más si a tu antojo
todos los juguetes son pardos.
El olor a podredumbre,
la humedad que se desliza,
la verde malla plástica
del ventanuco
y afuera los gritos de la vida...,
que esta sola vida te basta.
martes, 3 de junio de 2014
miércoles, 15 de enero de 2014
TANTAS COSAS QUE TE DIJE.
Tantas cosas que te dije.
Hablamos la noche entera,
con las edades pasando
en mágico carrusel.
Sobre corcel o jirafa
o cualquier otro animal
golpeábamos los globos
que nos caían del techo.
Anacondas y confetti,
gominolas y lejía,
el miedo y el gozo juntos
al explotar nos rociaba.
Novias de negro pasaban,
esplendor y podredumbre
en un giro se volvían
y en otro sólo ceniza.
Y en el de más allá nada
y todo era ilusión,
como niños en adultos
torpemente reencarnados.
De la derrota del hombre
que se queda sin palabras
quizás te hable algún día
si no me quedo sin voz.
***
jueves, 21 de febrero de 2013
sábado, 3 de noviembre de 2012
CUMPLEAÑOS DEL FIN DEL MUNDO
Le había invitado a su cumpleaños y era
el hombre más feliz del mundo. Porque él era un hombre, él era más que un joven
de diecinueve; como sólo el amor hace a las personas ser más maduras en sus
relaciones con los demás, reduciéndolos a un estado emocional infantil para
lanzarlos a descalabrarse, posteriormente, contra algunas de las duras tapias
del desengaño. El resorte del amor puede ser así de cruel. Nada nuevo bajo el
sol. El sol. “¡Qué extraño color tiene el sol esta tarde!”, pensaba Pablo
mirando por la ventana de su habitación. Más naranja e intimidatorio que nunca,
el sol era un huevo frito gigantesco a punto de saltarle de la sartén a la
cara. Un grupo de breves nubes formaba un marco circular a su alrededor.
Álex sólo era un amigo, un buen tío.
Probablemente Álex no había tenido nada con ella. Había asumido su fracaso.
Pobre chico. Él haría que no sufriera demasiado de aquí en adelante, cuando
intercambiara besos y abrazos con Marta. - Pablo, vendrás esta noche a mi
fiesta de cumpleaños, ¿no?- le dijo Marta al acabar las clases mientras Álex,
prudentemente, se alejaba cabizbajo. La frase de Marta todavía flotaba caliente
por la habitación de Pablo, enredándose traviesa con las patas de la cama y
subiendo a rozarse golfamente con el techo. Faltaba una hora para el feliz
encuentro y tenía que darse una ducha. Había tiempo. El barrio de Marta estaba
cerca de allí. Todo estaba muy claro. Sobraban las palabras. Las miradas y las
sonrisas habían hablado. Iba a ser una gran noche. Desde algún lugar de la
ciudad llegaba un ruido de sirenas.
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Una hora y pico después caminaba entre
sombras por los jardines de la urbanización. Sabía que la fiesta habría
empezado pero no convenía ser demasiado puntual. Estarían Alberto y los demás,
y sabía que iban a estar pendientes de él y Marta. Por otra parte, necesitaba
tranquilidad. Juzgaba que el entrar en el tumulto de la comenzada fiesta le
haría pasar desapercibido; ya habrían empezado a beber, a bailar, a alternar, a
tener veinte mil cosas que observar antes que el encuentro de ambos. En
momentos como ése los amigos pueden ser una carga. Estaba claro. Y estaba Álex,
no había que olvidarlo. Probablemente llegaría pronto en un desesperado intento
de disparar su pólvora final, su mojada pólvora final. Pobre chaval. Esperaba
por su bien que no viniera. Tal vez algún día pudieran ser amigos.
En la oscuridad olía fuerte, a atmósfera
cargada. Quizás alguna alcantarilla atascada. En las últimas semanas había
llovido fuerte. Caminaba por un sendero de losas desiguales rodeado de césped y
árboles, llegando casi a la primera línea de casas de la urbanización. En esos
momentos pensó en Dante, en Caronte, en que el sendero de losas bien podría ser
una barca que surcaba las negras aguas hacia el más allá. La oscuridad del
jardín se prestaba a ello. Como en aquellos cuadros que había visto en sus
libros de Historia del Arte. Pues aquello era igual. Y estaba la luna, que parecía
un sol, o que el sol se había comido la luna… Ahí seguía el huevo frito. ¡Qué
color tan raro!. ¿Habría eclipse aquella noche?. No habían dicho nada por
televisión. Había una farmacia en la primera línea de casas. Pablo podía ver la
cruz verde luciendo entre los árboles. Ese tramo seguía siendo oscuro, y al
entrar en la calle anexa comenzaba la zona iluminada por la luz naranja de las
farolas, con ese tipo de bombillas que según dicen, gastan poco. En realidad
con ellas no se ve un carajo. Al pasar junto a la farmacia, se abrió la puerta
y salió Álex.
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Tras las primeras palabras de sorpresa
fingida, el resto del camino lo hicieron juntos. Álex se había echado la mano
al bolsillo. El regalo de Marta, seguro. El amor no se compra, chico. -No veas
lo que me duele la cabeza- había dicho Álex. – He tenido que entrar a comprar
aspirinas. He estado a punto de no venir-. Silencio incómodo y nervioso. La
tensión se corta en el aire. No te preocupes, Álex. Seré discreto. -¿Has visto
lo de las explosiones?. Viniendo para acá he visto una. Un escape de gas,
escuché a los vecinos. Los bomberos ya estaban allí. Se ha llevado una manzana
entera. Luego la gente hablaba en el autobús. Ha habido otra cerca de mi barrio
esta mañana, según me ha comentado mi hermano. Estos viejos… Se dejan el gas
abierto y…- . Álex hablaba nervioso. Al parecer, el dolor de cabeza le hacía
decir tonterías.
Al cruzar una de las esquinas de la
urbanización vieron a los bomberos trabajando entre un montón de escombros.
Habían acordonado la zona, apartaban a una multitud de personas que miraban la
escena con ojos de pavo de navidad. La luz del camión al girar provocaba un
extraño efecto de luces y de sombras. Por un momento, las siluetas de los bomberos
y su rapidez de movimientos al trabajar les hacía parecer androides
mecanizados. Se movían sin rostro, como un ejército silencioso. Pablo pensó
otra vez en Dante y Caronte, el
infierno… -¡Joder, macho!. ¡Esto parece la guerra! - , dijo Álex. Cuando siguieron
adelante, a Pablo le había parecido ver fugazmente algo volando cargado con un
bulto. Fue por un momento.
……………………………………………………………………………………………
Llegaron al cumpleaños. Hacía rato que
había empezado. Todo el mundo estaba distraído en el salón con un karaoke que
habían regalado a Marta con canciones de Mecano, entre otras. Allá cantaban
todos: “déééjalo yááá, sabes que nuuunca
has ido a Veeenus en un baaarcoooo…”, o algo así. Marta estaba radiante.
Álex se despegó inmediatamente de él al entrar en la casa para perderse en el
bullicio. Pablo se acercó al grupo de amigos apiñados frente al karaoke
mientras iba sacando su regalo de debajo del jersey. Marta se había cansado de
imitar a Ana Torroja y había ido en dirección a la cocina. Pablo la siguió y en
su camino pasó junto a Álex, que a su vez miraba a Marta sentado en un sofá.
Pablo se detuvo frente a él:
- Lo llevabas en el bolsillo,
¿eh?.
- ¿Qué?- dijo Álex algo distraído
apurando un ron con cola.
- No, digo el regalo. Lo llevabas
en el bolsillo. No me lo querías enseñar,
¿eh?. ¡Qué cabrón!. ¡Mira el mío!.
Desenvolvió una esquina del papel
de regalo con cuidado de no romperlo y le enseño una parte del pañuelo con
figuras de Piolín que le había comprado a Marta.
- Ella es muy infantil. Le
vuelven loca los personajes de la
Warner. Le va a encantar.
-Seguro – dijo Álex mirando
despistado hacia las puertas batientes de la cocina.
Pablo siguió hacia la cocina y
entró a dar a Marta su regalo.
……………………………………………………………………………………………
El cuarto ron con cola tomado en el sofá
le estaba aclarando las ideas como no lo había hecho la sobriedad. El pañuelo
de Piolín pedía a gritos que lo mirasen, abandonado en algún rincón de la casa.
Frente al karaoke apenas había tres personas y el resto, parejitas más que
nada, bailaban agarrados una canción de mierda por el salón. Alberto se le
había pegado en el sofá completamente borracho, y no paraba de decirle que era
el tío más de putísima madre que había conocido. En la cabeza de Pablo sonaban
explosiones, no sabía si de su interior o de la calle, y una rigidez de cemento
le impedía alzar el rostro hacia las parejas que bailaban agarradas por el
salón, entre las que estaban Marta y Álex. Comenzó a fabricar una cadeneta
mental de negaciones para crearse la ilusión embriagadora de que lo mejor
estaba por llegar: Marta no había mirado a través de las puertas batientes
hacia Álex en el sofá mientras le estaba entregando el pañuelo, ella no le
había dado las gracias fríamente mientras salía de la cocina con su bebida
hacia el sofá; ellos no habían hablado durante toda la fiesta, ni se habían
acercado, rozado, abrazado, besado y salido a bailar agarrados con las demás
parejas. Es más, tampoco se habían cogido de la mano y se dirigían en ese mismo
momento escaleras arriba hacia el dormitorio de Marta. Eso tampoco. Eso menos.
Annie Lennox cantaba “There must be an angel (playing with my heart)“ cuando
Pablo miraba al exterior a través de la ventana. Había mucho jaleo en la calle,
parecía Nochevieja. Miró hacia el extraño disco que ardía en el cielo y no pudo
más que pensar en un enorme condón de sabor tropical que se reía de él. En su
cabeza tenía una tribu de salvajes bailando al son del tam tam. No pudo más. Se
desmoronó. No quiso que nadie lo viera llorar. Cruzó el salón como un
espectro entre las parejas, que ya se
habían despegado y adoptaban figuras imposibles al son de la música de
Eurythmics.
……………………………………………………………………………………………
Cada zancada que daba amenazaba con
dejarlo sin piernas. El corazón se le salía pero ya no le importaba porque, en
su desesperación e impotencia, lo creía dañado de muerte. Corría, sí. Corría
como un loco escapando de aquel horrible lugar. Ya no podría llegar a Venus en
un barco, ¡claro que no se podía ir a Venus en un barco!, ¡qué estúpida
canción!. Pero las piernas sí le podían llevar a otros lugares lejos de allí,
donde fuera. Las explosiones habían cesado en su cabeza pero no paraba de oír
extraños aleteos encima suyo, como si la bandada de piolines del pañuelo que
había regalado a Marta se lanzaran riéndose sobre él. Era una situación tan
real que incluso sintió un picotazo en la oreja que le dolió bastante. La calle
estaba llena de gente corriendo de un lado para otro, gritando desesperada.
Chocó con varias personas en su huída. No fue hasta llegar al camino de losas
del jardín, bajo la luz verde de la farmacia, cuando se detuvo. “ ¡Eh!, ¿qué
pasa aquí?”. Sentía un dolor punzante en la oreja. Se tentó y al mirarse la
mano vio sangre en ella y en su jersey. Al contemplarse en el escaparate vio un
tajo limpio que le abría en dos la parte superior de la oreja. La visión de la
herida, el dolor punzante, la carrera acelerada que se había pegado y el ron
con cola en el estomago vacío le provocaron nauseas. Se dobló en dos dando
arcadas, dejándose caer en el césped, bajo un árbol. Todo eran gritos y
algarabía a su alrededor. Un montón de
llamas asomaba por encima de la farmacia y extrañas sombras voladoras cruzaban
el cielo velozmente. Por un momento pensó que eran pájaros asustados pero…,
eran demasiado grandes. Unos metros delante de él había un andador tirado, como
el que utilizan las personas mayores. Estaba bloqueado, confuso, dolorido, no
sabía lo que estaba pasando. Vio luces en el cielo, como cometas, pero pasaban
muy cerca. Las explosiones barrían manzanas enteras, barriadas enteras. No era
una guerra, no, era algo más horrible. Sólo fue consciente de que el mundo se
acababa, de que aquella salvaje orgía de sangre que se desarrollaba a su
alrededor era el fin, cuando miró arriba, hacia la parte alta del árbol bajo el
que se encontraba y vio a aquella horrible criatura alada posada en la rama,
devorando la cabeza del anciano que tenía asido con sus garras.
jueves, 18 de octubre de 2012
MAGIA
La magia se instaló en las copas y en las voces,
como el polvo en las alas de una mariposa.
Y las horas eran el enemigo.
Las horas asesinas y su puñal de tiempo.
Las horas sanadoras de amable conversación.
Sé del reloj oculto en la sombra
que en la estancia todos olvidamos,
como el ojo muerto de un dios doméstico.
El ojo de cristal de un torero tuerto.
Espectador de un milagro que nunca concibió.
Esgrimamos la magia para que su poder perdure,
como el pendón furioso en una batalla perdida,
sabedores del horrible poder del anonimato futuro,
cuando nos encontremos y no nos conozcamos
y el sonido metálico del reloj triunfante
anegue de sombras la estancia de figuras hechizadas
jueves, 3 de mayo de 2012
EL RÍO ASESINADO
Pasos y sombras
que de los pasos
rémoras son
o son escualos
que se devoran
o se vomitan
y se transforman
sobre las aguas,
desde Cartuja
hasta Tablada.
Desconocidas,
fluviales olas
como esturiones
tuercen sus colas;
cada remada,
arremetida
de farolillos
agitanados,
cristales son
acobardados.
Los asesinos del río
secan sus navajas
en el club náutico.
lunes, 13 de febrero de 2012
SABES.
Sabes que el tiempo pasa mientras la tarde de febrero se desgrana, cae al lagar y es pisada en el horizonte. El licor de esta tarde de invierno es de alta graduación, está contraindicado para escritores que no escriben por su alto contenido en melancolía. Presientes la cercanía de una visagra estacional que traerá consigo la primavera pero ya eres demasiado viejo para jugar a comportarte como un idiota herido por Cupido. No es lo mismo. Los balcones son demasiado altos para trepar a ellos y a tu guitarra le faltan dos cuerdas. Seguramente a tu amada se la estará follando otro. No importa.
Tu casa está hecha con las piedras de los caminos que pisaste hasta aquí en tu error. Adelante hallarás mucho más material y parcelas para edificar, presientes, pues tu morada no permanecerá quieta y será preciso proseguir. No te dejes engañar por las estaciones, al fin y al cabo sólo son accidentes. Pero no dejes de escribir y abrígate con una manta en las frías noches de invierno, y guarda algunas piedras para construír una piscina para el verano. Aunque tengas que marcharte no dejes que el sol se quede sin espejo para mirarse en las calurosas tardes, mientras huyes montaña arriba hacia la zona de nieve perpetua.
Tu casa está hecha con las piedras de los caminos que pisaste hasta aquí en tu error. Adelante hallarás mucho más material y parcelas para edificar, presientes, pues tu morada no permanecerá quieta y será preciso proseguir. No te dejes engañar por las estaciones, al fin y al cabo sólo son accidentes. Pero no dejes de escribir y abrígate con una manta en las frías noches de invierno, y guarda algunas piedras para construír una piscina para el verano. Aunque tengas que marcharte no dejes que el sol se quede sin espejo para mirarse en las calurosas tardes, mientras huyes montaña arriba hacia la zona de nieve perpetua.
martes, 27 de diciembre de 2011
LAS BOLAS DEL ÁRBOL DE NAVIDAD.
Faltaba una semana para Nochebuena cuando las bolas del árbol de Navidad despertaron de su sueño. Seguro que sabéis de qué bolas hablo. Esas bolas grandes de colores que se ponen en los árboles y que son como espejos donde uno se asoma y ve su cara gigante a medida que se acerca a ellas. Esas bolas que cada vez se ven menos en los árboles de Navidad porque han pasado de moda y hoy día hay otro tipo de adornos como cajas de regalo pequeñas, gorros de Papá Noel, bastones y luces, muchas luces, millones de luces... Ni siquiera los árboles son como los de antes. Hoy son enanos y vienen con un enchufe incorporado, o funcionan a pilas. No hace falta decorarlos ni montarlos. Sólo hay que comprarlos y enchufar; y se pueden colocar en cualquier lado, encima de una mesa, en cualquier sitio... Esta historia que os voy a contar sucedió a un grupo de estas bolas...
Como he dicho antes, las bolas de Navidad despertaron una semana antes de Nochebuena, porque las bolas de Navidad duermen durante todo el año y sólo despiertan cuando llega esta época. Saben que en cualquier momento alguien va a abrir la caja de cartón donde están para colgarlas en el árbol y por eso se ponen nerviosas, saltan, ríen, se chocan entre ellas... Pero estas bolas de las que hablo hacía años que no reían ni despertaban con ilusión por la llegada de la Navidad. Eran bolas grandes, viejas, y ya no se utilizaban en el árbol. Sus dueños habían comprado otros adornos de ésos que antes os he dicho y ya sólo las sacaban para pegarlas con cinta adhesiva en las paredes, ventanas, puertas..., ya no era como antes. Por todo esto ya no se despertaban con ilusión, alegres, nerviosas, ni chocaban entre ellas sino todo lo contrario. Cuando se acercaba la Nochebuena pensaban que sus dueños iban a abrir la caja para tirarlas a la basura y eso les daba miedo, y también pena. Durante mucho tiempo habían alegrado la casa. ¿Por qué querían ahora deshacerse de ellas?, se preguntaban, y miraban con desconfianza y envidia a los nuevos adornos que lucían en el árbol, desde las paredes, cristales o cualquier rincón donde estuviesen colgadas.
Pero aquel año era diferente. La semana iba pasando y las bolas seguían, despiertas y miedosas, encerradas en la caja. Nadie abría para mirar y cada vez estaban más inquietas. Entonces la bola rosa, que era muy lista, tuvo una idea:
Podemos usar nuestros poderes para saber si hay otras bolas como nosotras en las otras casas de la ciudad, si sus dueños también se han olvidado de ellas. Así si nos reunimos, tal vez se nos ocurra algo".
"Sííí", -dijeron todas, y chocaron felices. Porque esto es algo que antes no os he contado: las bolas tienen poderes. Si se concentran mucho pueden averiguar con el pensamiento dónde hay bolas como ellas y comunicarse sin palabras. No importa la distancia. El lenguaje de las bolas no es reconocido por el oído humano, por eso no las podemos escuchar.
Todas aplaudieron la idea de la bola rosa pero eran muy perezosas y para poder usar los poderes había que esforzarse mucho. Todas acordaron que fuera la bola rosa la que lo hiciera y ésta accedió. La bola rosa se colocó en el centro de la caja y empezó a temblar y a sudar purpurina, y notó que en la ciudad había un montón de casas en las que todavía había guardadas cajas que contenían bolas como ellas, solas, abandonadas. Algunas le hablaban desde un cubo de basura, otras iban camino del mismo montadas en un recogedor y chillando de terror. Aquello era como la radio. Todas las bolas hablaban a la vez y a la bola rosa empezó a dolerle todo por el ruido que recibía: " ¡a nosotras no nos quieren!", "¡a nosotras ya no nos cuelgan ni de la pared!", "¡socorro!", "¡salvadnos!"... Eso era lo que escuchaba la bola rosa y eso fue lo que comunicó a sus compañeras. "¡Estamos perdidas!", dijeron, y todas empezaron a temblar.
Los días de esa semana pasaron como meses, como años; no, como siglos. Todas lo tenían claro. Los dueños iban a deshacerse de ellas. Su tiempo había acabado.
"Esta claro", dijo la bola verde.
"Nunca suelen tardar tanto en decorar el árbol y la casa", dijo la bola azul.
"Ya debería estar la caja abierta y nosotras colgando por las paredes", dijo la bola amarilla.
"Tal vez no nos coloquen o se olviden, pero eso no significa que se deshagan inmediatamente de nosotras. Pueden pasar los meses y entonces habrá pasado la Navidad y lo que nos suceda nos cogerá dormidas", dijo la bola rosa, que además de lista era muy optimista. "Al menos habremos disfrutado de un buen sueño".
"Vamos a ir al cubo de la basura directamente", dijo la bola negra, que en realidad no era de ese color sino plateada, pero como estaban a oscuras lo parecía, y lo veía todo negro. Y esperaron.
No supieron cuánto tiempo había pasado (las bolas de Navidad son muy malas calculando el tiempo y tampoco llevan reloj) cuando oyeron pasos apresurados y la voz de un niño:
"¿Estaban aquí, papá?".
"¡Espera, Daniel!. ¡No me revuelvas el cuarto de los trastos!", dijo una voz femenina.
"¡Déjalo, mujer!. ¡Yo lo hago!. ¡Descansa!", contestó un hombre. Y la caja se abrió.
Las bolas vieron la cara del hombre que todas las navidades las sacaba para decorar la casa. Estaba un poco más viejo, pero era el mismo.
"¡Coge algunas, Daniel!. ¡Yo no puedo con todas!". El hombre cogió algunas bolas y se fue. Al instante asomó la cara del niño que habían visto otros años. Había crecido un poco y tenía la cara algo cambiada, pero lo reconocieron. Cogió unas cuantas y preguntó: "Papá, ¿me llevo la caja?". El hombre no contestó y el niño salió corriendo. En la caja quedaron la bola negra, que ahora volvía a ser plateada, y la rosa.
"Esto es el fin", decía la plateada.
"¡Ha sido un placer conocerte, hermana!", decía la rosa, que ya no dudaba de su destino.
Daniel volvió y las cogió. Fueron pasando en las manos del niño por diferentes habitaciones de la casa pero vieron que no iban hacia el salón, que era donde siempre acababan colgadas, ni tampoco hacia la puerta de la calle. Pasaron por el pasillo en dirección contraria a la que conocían y llegaron a un lugar que nunca antes habían visto. Era un cuarto pequeño y acogedor. La mujer que habían escuchado estaba allí sentada en una silla. Estaba algo cambiada físicamente desde la última vez. Algo más vieja, como el hombre, pero muy pálida y ojerosa, como si estuviera cansada. Tenía un brazo apoyado en el borde de una cuna y un bebé que nunca antes habían visto dormía en ella. El hombre estaba agachado al lado, y se volvió al niño pidiéndole las dos últimas bolas que traía. Los barrotes de la cuna estaban decorados con las restantes bolas de Navidad. En todas ellas se reflejaba la cara del bebé.
La rosa y la plateada sonrieron antes de ser colocadas con las demás. Ahora comprendían la tardanza de sus dueños en sacarlas. Habían estado muy atareados aquellos días. Esa Navidad iba a ser especial.
Como he dicho antes, las bolas de Navidad despertaron una semana antes de Nochebuena, porque las bolas de Navidad duermen durante todo el año y sólo despiertan cuando llega esta época. Saben que en cualquier momento alguien va a abrir la caja de cartón donde están para colgarlas en el árbol y por eso se ponen nerviosas, saltan, ríen, se chocan entre ellas... Pero estas bolas de las que hablo hacía años que no reían ni despertaban con ilusión por la llegada de la Navidad. Eran bolas grandes, viejas, y ya no se utilizaban en el árbol. Sus dueños habían comprado otros adornos de ésos que antes os he dicho y ya sólo las sacaban para pegarlas con cinta adhesiva en las paredes, ventanas, puertas..., ya no era como antes. Por todo esto ya no se despertaban con ilusión, alegres, nerviosas, ni chocaban entre ellas sino todo lo contrario. Cuando se acercaba la Nochebuena pensaban que sus dueños iban a abrir la caja para tirarlas a la basura y eso les daba miedo, y también pena. Durante mucho tiempo habían alegrado la casa. ¿Por qué querían ahora deshacerse de ellas?, se preguntaban, y miraban con desconfianza y envidia a los nuevos adornos que lucían en el árbol, desde las paredes, cristales o cualquier rincón donde estuviesen colgadas.
Pero aquel año era diferente. La semana iba pasando y las bolas seguían, despiertas y miedosas, encerradas en la caja. Nadie abría para mirar y cada vez estaban más inquietas. Entonces la bola rosa, que era muy lista, tuvo una idea:
Podemos usar nuestros poderes para saber si hay otras bolas como nosotras en las otras casas de la ciudad, si sus dueños también se han olvidado de ellas. Así si nos reunimos, tal vez se nos ocurra algo".
"Sííí", -dijeron todas, y chocaron felices. Porque esto es algo que antes no os he contado: las bolas tienen poderes. Si se concentran mucho pueden averiguar con el pensamiento dónde hay bolas como ellas y comunicarse sin palabras. No importa la distancia. El lenguaje de las bolas no es reconocido por el oído humano, por eso no las podemos escuchar.
Todas aplaudieron la idea de la bola rosa pero eran muy perezosas y para poder usar los poderes había que esforzarse mucho. Todas acordaron que fuera la bola rosa la que lo hiciera y ésta accedió. La bola rosa se colocó en el centro de la caja y empezó a temblar y a sudar purpurina, y notó que en la ciudad había un montón de casas en las que todavía había guardadas cajas que contenían bolas como ellas, solas, abandonadas. Algunas le hablaban desde un cubo de basura, otras iban camino del mismo montadas en un recogedor y chillando de terror. Aquello era como la radio. Todas las bolas hablaban a la vez y a la bola rosa empezó a dolerle todo por el ruido que recibía: " ¡a nosotras no nos quieren!", "¡a nosotras ya no nos cuelgan ni de la pared!", "¡socorro!", "¡salvadnos!"... Eso era lo que escuchaba la bola rosa y eso fue lo que comunicó a sus compañeras. "¡Estamos perdidas!", dijeron, y todas empezaron a temblar.
Los días de esa semana pasaron como meses, como años; no, como siglos. Todas lo tenían claro. Los dueños iban a deshacerse de ellas. Su tiempo había acabado.
"Esta claro", dijo la bola verde.
"Nunca suelen tardar tanto en decorar el árbol y la casa", dijo la bola azul.
"Ya debería estar la caja abierta y nosotras colgando por las paredes", dijo la bola amarilla.
"Tal vez no nos coloquen o se olviden, pero eso no significa que se deshagan inmediatamente de nosotras. Pueden pasar los meses y entonces habrá pasado la Navidad y lo que nos suceda nos cogerá dormidas", dijo la bola rosa, que además de lista era muy optimista. "Al menos habremos disfrutado de un buen sueño".
"Vamos a ir al cubo de la basura directamente", dijo la bola negra, que en realidad no era de ese color sino plateada, pero como estaban a oscuras lo parecía, y lo veía todo negro. Y esperaron.
No supieron cuánto tiempo había pasado (las bolas de Navidad son muy malas calculando el tiempo y tampoco llevan reloj) cuando oyeron pasos apresurados y la voz de un niño:
"¿Estaban aquí, papá?".
"¡Espera, Daniel!. ¡No me revuelvas el cuarto de los trastos!", dijo una voz femenina.
"¡Déjalo, mujer!. ¡Yo lo hago!. ¡Descansa!", contestó un hombre. Y la caja se abrió.
Las bolas vieron la cara del hombre que todas las navidades las sacaba para decorar la casa. Estaba un poco más viejo, pero era el mismo.
"¡Coge algunas, Daniel!. ¡Yo no puedo con todas!". El hombre cogió algunas bolas y se fue. Al instante asomó la cara del niño que habían visto otros años. Había crecido un poco y tenía la cara algo cambiada, pero lo reconocieron. Cogió unas cuantas y preguntó: "Papá, ¿me llevo la caja?". El hombre no contestó y el niño salió corriendo. En la caja quedaron la bola negra, que ahora volvía a ser plateada, y la rosa.
"Esto es el fin", decía la plateada.
"¡Ha sido un placer conocerte, hermana!", decía la rosa, que ya no dudaba de su destino.
Daniel volvió y las cogió. Fueron pasando en las manos del niño por diferentes habitaciones de la casa pero vieron que no iban hacia el salón, que era donde siempre acababan colgadas, ni tampoco hacia la puerta de la calle. Pasaron por el pasillo en dirección contraria a la que conocían y llegaron a un lugar que nunca antes habían visto. Era un cuarto pequeño y acogedor. La mujer que habían escuchado estaba allí sentada en una silla. Estaba algo cambiada físicamente desde la última vez. Algo más vieja, como el hombre, pero muy pálida y ojerosa, como si estuviera cansada. Tenía un brazo apoyado en el borde de una cuna y un bebé que nunca antes habían visto dormía en ella. El hombre estaba agachado al lado, y se volvió al niño pidiéndole las dos últimas bolas que traía. Los barrotes de la cuna estaban decorados con las restantes bolas de Navidad. En todas ellas se reflejaba la cara del bebé.
La rosa y la plateada sonrieron antes de ser colocadas con las demás. Ahora comprendían la tardanza de sus dueños en sacarlas. Habían estado muy atareados aquellos días. Esa Navidad iba a ser especial.
martes, 13 de diciembre de 2011
SANA ADVERTENCIA A UN NOBLE QUE AÑORA TIEMPOS PASADOS.
No habrá yelmo donde entren tus mofletes
de amigo tonto del chavo del ocho,
ni madera de héroe, ni aun de Pinocho,
ni de Babieca tienes, ni prometes;
ni siervas que se dejen dar cachetes
(hoy saben mucho las hijas del mocho)
verás por tus tierras. Con calimocho
te sacarán coplas los mozalbetes.
Para la honra de tus damas, ovejas,
carretes al peso habrás de comprar
y emplear en zurcir virgos mil viejas;
y sabrás lo que la espalda es doblar
cuando los moros, captivo tras rejas,
quieran contigo pernada gozar.
de amigo tonto del chavo del ocho,
ni madera de héroe, ni aun de Pinocho,
ni de Babieca tienes, ni prometes;
ni siervas que se dejen dar cachetes
(hoy saben mucho las hijas del mocho)
verás por tus tierras. Con calimocho
te sacarán coplas los mozalbetes.
Para la honra de tus damas, ovejas,
carretes al peso habrás de comprar
y emplear en zurcir virgos mil viejas;
y sabrás lo que la espalda es doblar
cuando los moros, captivo tras rejas,
quieran contigo pernada gozar.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
AL AMANECER...
Llegaron al amanecer, como los fantasmas familiares que se nos aparecen en el cuarto de baño con la primera meada del día cuando el sol todavía no ha salido. Un Seat Toledo gris, cuatro figuras espectrales encapuchadas envueltas en túnicas blancas, una escalera para saltar el muro, unas tenazas para cortar el alambre, el factor sorpresa que brindan los minutos previos al crepúsculo matinal y su efecto narcotizante en los vigilantes de seguridad privada que esperan ansiosos el cambio de turno para volver a casa; por supuesto los cuchillos-sables de cincuenta centímetros de longitud para la “ceremonia de purificación”, el plan hábilmente urdido en una urbanización de lujo por el Jefe Supremo un año antes, la fe ciega y el apoyo incondicional (rozando el fanatismo) de sus discípulos… Y no podemos olvidar el tablero de juego donde se iba a disputar la partida: aquella mediática casa situada en la sierra.
Las cámaras captaron a las extrañas figuras atravesando el jardín como una procesión. El efecto de la, todavía, oscuridad y los focos de luz instalados en la casa provocaban la ilusión óptica de que aquellos seres extraños y encorbados no apoyaban los pies en el césped al andar sino que rodaban sobre él. Su rapidez de movimientos era extraordinaria y tal vez las personas que estaban a cargo de la realización del programa pensaron que la falta de sueño les hacía ver visiones. “¿Cómo podía ser?”, pensaban. “El personal de seguridad los habría detectado”. Pero el personal de seguridad esperaba lo mismo de las personas a cargo de las cámaras y los realizadores en ese endiablado círculo de reparto de culpas que se establece en una organización más o menos amplia cuando todos son conscientes de que la han cagado y nadie quiere reconocerlo. “Se nos han colado hasta la cocina”, dirían posteriormente en privado. Pero no, no pasaron primero por la cocina. Sabían lo que hacían. Tiraron para el gimnasio donde Ángel, el macho alfa de la casa, el único capaz de presentar alguna resistencia por sus conocimientos de artes marciales y su desarrollada musculatura, amén de su marcada tendencia a zurrar más de la cuenta, se encontraba relajado en el jacuzzi tras haber realizado su sesión diaria de ejercicios matinales. Un tajo en el cuello tiñó el agua de sangre y se puso fin a una brillante carrera de semental televisivo, además de aliviar la carga de trabajo de la Justicia por un juicio pendiente por maltratar a su ex esposa.
Una vez eliminado todo fue sobre ruedas. Los otros tres concursantes eran presa fácil. Susana, compañera de “edredoning” del ya difunto Ángel, fue acribillada a cuchilladas en la cocina mientras engullía el primer yogurt desnatado con biobífidus del día, elemento indispensable (según ella) en su dieta de pajarito para conservar su belleza. Dicho yogurt había sido el principal protagonista de algunos de los mejores momentos del programa, al ser motivo principal de las discusiones de Susana con el resto de compañeros por pensar los demás que era un despilfarro. “A mí me suda el chocho”, decía la muy puta, con su horrorosa voz nasal de rubia teñida de extrarradio. Las “lenguas de metal sagradas” hablaron y Susana ya no sería portada de Interviú unos meses después, como pensaba. Saldría al día siguiente en las páginas de sucesos de los principales diarios del país.
El resto fueron daños colaterales, que dirían los yankis. Martín y Nuria, pareja que se había conocido en la casa. El pobre cateto Martín, pastor de ovejas, al que tal vez el aburrimiento en su pueblo natal o una bravuconada etílica de solterón sin peligro en las últimas fiestas ante sus paisanos, le habían llevado a presentarse al casting para entrar allí; “pá conohé la hiudá” como decía el infeliz, y todos se reían más de él que con él cuando lo decía en riguroso directo. Nuria, licenciada en Historia por la Universidad de Sevilla y parada de larga duración, que encontró en Martín la amistad y el amor sinceros que nunca halló en sus compañeros de carrera, de instituto, de colegio, de guardería, de barrio o de generación en general, en una vida enterrada en libros que injustamente la había conducido al abismo del paro y la desesperación. Una chica tímida con un expediente académico de matrícula de honor. Ambos murieron con una sonrisa mientras dormían abrazados, ni se enteraron. Ya lo dijeron los colaboradores de la tertulia de la semana siguiente a estos desgraciados hechos, líder de audiencia por cierto, cuando retiraron todos los cadáveres de la casa (incluidos los de los cuatro asaltantes de la misma -dos hombres y dos mujeres- que se suicidaron en un último acto litúrgico), cuando ya la policía nacional detuvo al Jefe Supremo y se descubrió el plan.
Yo, Leandro Guzmán , estaba de reserva para entrar en la casa sustituyendo a la insoportable y ya difunta Susana, cuya futura y esperada expulsión se veía venir.
Participé en la tertulia postmatanza leyendo una emotiva nota de homenaje que preparé para la ocasión para unas personas que nunca conocí personalmente y con las que ni siquiera hablé o ni siquiera vi. Todo el mundo me aplaudió. Gracias a eso hoy presento un programa estafa- idiotas a altas horas de la madrugada que genera bastante dinero. “Animal con cuernos que embiste de cuatro letras, empieza por T y termina en O. ¡Venga, que es muy fácil y hay mucho dinero en juegoooo…!”.Hay noches en las que cuando me llevan a los estudios de televisión, me siento como un superviviente del Titanic.
domingo, 6 de noviembre de 2011
(...)
Piscinas oscuras.
Agua inmóvil.
Formas de pies de corcho
que del borde se elevaron.
Ya vuelan las últimas
huellas del verano.
El sol que desciende hará el milagro
de unir, desbordando, los estanques.
-"Yo soy luz, tú agua.
Yo tu alma, tú mi carne".
Mueve el viento el dorado espejo.
Los pasos de la tarde ahogados.
Muñecos de tierra y pasto secos
en campos vacíos y desolados.
Humean.
Lejos.
Agua inmóvil.
Formas de pies de corcho
que del borde se elevaron.
Ya vuelan las últimas
huellas del verano.
El sol que desciende hará el milagro
de unir, desbordando, los estanques.
-"Yo soy luz, tú agua.
Yo tu alma, tú mi carne".
Mueve el viento el dorado espejo.
Los pasos de la tarde ahogados.
Muñecos de tierra y pasto secos
en campos vacíos y desolados.
Humean.
Lejos.
martes, 25 de octubre de 2011
LUNA VERDE
La luna verde,
como la pegatina tridimensional
de una pequeña porción del universo.
El rostro del ahogado en un barril de anís
que yo contemplo.
Queso enmohecido.
Déjame pasear por tu jardín de flores
fosilizadas. Déjame decirte cuanta
angustia me causa tu lejana imagen.
Un cadáver flota en el mar respirado
y su sombra se dibuja en los tejados.
Rojas pompas resbalando por las tejas.
Formando parte de una naturaleza
muerta, oculta tras un telón de paja
apilada, en un montón para la quema,
que ya me abrasa.
como la pegatina tridimensional
de una pequeña porción del universo.
El rostro del ahogado en un barril de anís
que yo contemplo.
Queso enmohecido.
Déjame pasear por tu jardín de flores
fosilizadas. Déjame decirte cuanta
angustia me causa tu lejana imagen.
Un cadáver flota en el mar respirado
y su sombra se dibuja en los tejados.
Rojas pompas resbalando por las tejas.
Formando parte de una naturaleza
muerta, oculta tras un telón de paja
apilada, en un montón para la quema,
que ya me abrasa.
VIOLETAS NEGRAS
Bajo tierra hay
una niña que llora.
De sus ojos un árbol
que bebe de sus lágrimas.
Y en lo alto una estrella
que sus padres sujetan
para que no caiga.
Enséñame
tu mano muerta.
Déjame besar
tu falsa alianza,
que brilla con la ausencia
de mi nombre en ella.
Violetas negras
para la niña triste.
Enterrada
entre pétalos de cal.
una niña que llora.
De sus ojos un árbol
que bebe de sus lágrimas.
Y en lo alto una estrella
que sus padres sujetan
para que no caiga.
Enséñame
tu mano muerta.
Déjame besar
tu falsa alianza,
que brilla con la ausencia
de mi nombre en ella.
Violetas negras
para la niña triste.
Enterrada
entre pétalos de cal.
jueves, 25 de agosto de 2011
EL FINAL DEL VERANO.
Es inevitable hablar sobre él en estos días. Mucho se ha escrito, compuesto y filmado directa o indirectamente. Los Beach Boys le dedicaron toda una carrera musical, sin ir más lejos. Se acabó, fin del asunto, Chanquete ha muerto. Las piscinas son la mejor metáfora. Las aguas quietas y turbias, ojo herido del cíclope moribundo del estío. Algún balón flota en ellas como coágulos de una herida lamida por el crepúsculo. Lloran pisadas húmedas los bordillos. Sus propietarios se apresurarán en vaciarlas o las dejarán como un retrato de recuerdo del loco fotomatón veraniego. Éstas criarán vida y serán objeto de investigación de los buzos de National Geografic durante todo el invierno. Se podrán ocultar en ellas cadaveres de malvados directores de colegio asesinados por sus esposas, como en aquella película... El último baño, el último beso... Un adiós tallado en las rojas nubes que siempre asoman en las noches de septiembre, mientras el lagarto fragmentado en infinitos ojos de luz regresa a casa por la autovía, ensayando posturas con los brazos abiertos, como los pescadores que cuentan mentiras.
lunes, 15 de agosto de 2011
MEDITACIONES DEL CAPITÁN NEMO
Para Miguel Ángel Sosa Higuera (q. e. p. d.).
Mi casa está donde dejo el sombrero.
Con trozos de mapas hago mi cama.
Cruzada atea sin armas, sin dama,
sin rey emprendo, con poco dinero.
Tal vez quede en mí aquel camarero
que aguantaba estoico al jefe que brama,
oscuras mujeres de dudosa fama,
narcorrocieros de ruín monedero.
Entretenedor que busco mi sino
por playas de cibernética arena
repartiendo ostias por el camino
a quien las busca, con gloria y sin pena,
como un sacerdote en mi submarino,
tal vez pensando en alguna sirena.
martes, 5 de julio de 2011
NUBES ROJAS DE SEPTIEMBRE
Me han acompañado durante años pero sólo a partir de una cierta edad comencé a observarlas tratando de descifrar su significado. Siempre de madrugada, siempre en la primera semana de septiembre, y yo siempre en mi azotea, como el último surfista errante del mundo ante su gran ola de cada año; y ellas como aquel grupo de vikingos que entraron por el Guadalquivir hasta la Sevilla musulmana tratando de saquearla, hecho del que apenas quedan unas breves y temblorosas reseñas en las crónicas de la época y que hoy parecen imposible de creer, pero que sucedieron. Igual de increíble resulta la llegada de estas nubes flotando en el bochorno nocturno del cíclico verano que cada año, por estas fechas, toca en retirada.
Estuvieron conmigo en los exámenes de septiembre, en las largas noches de cafeína y reflexión, y hoy vienen a visitarme una vez más, como las novias que no tuve, a las que encerré en baúles con llave que lancé, por el acantilado, al mar para que no doblegaran mi anarquía. Vienen a visitarme y son ellas las que me sacan a bailar en una fiesta de fin de curso en la que soy invitado, segurata, barman y pinchadiscos-con-gusto a la vez.
En realidad todo el mundo está invitado pero sólo yo sé construir escaleras transparentes en la noche para acudir a la cita. Y me envuelven. Me consuelan. Me prometen volver como siempre, cada año, al comenzar septiembre. Sé que no faltarán a su palabra pero tal vez yo falte a la mía y no esté entonces para verlas. Es lo que tiene la jodida temporal y carnal condición humana.
He bailado con todas y no sé cuál de ellas me gusta más, a cuál me llevaré a la cama hoy. Pero las muy zorras siempre huyen. Su inmaterialidad les ayuda (sí, ya sé que algún físico me discutiría esta afirmación) y yo no hago mas que chocar contra la pista de baile alquitranada del cielo cuando intento atraparlas.
Suena una nueva canción, miro hacia la cabina y allí estoy yo pinchando. Me veo a mí mismo de segurata en la puerta, vigilando al tipo tirado en la pista de baile que soy y empezando a preguntarme si no es ya hora de echar a ese borracho alborotador que persigue a las chicas. Y actúo. Cojo al borracho del brazo pero caigo en la cuenta de que, entonces, también tengo que expulsar al pinchadiscos y al barman, pues son la misma persona. E incluso a mí mismo. “ ¡Venga!, ¡todo el mundo a la calle!”.
Las chicas se quejan: “ No hacías nada. Somos nosotras las que hemos venido a verte. ¿Por qué eres tan duro contigo mismo si cuando tratabas de cogernos el culo hacíamos como que no nos gustaba para que el próximo septiembre vuelvas a subir aquí, con nosotras?”. En esos momentos, el lenguaje femenino de las nubes resulta difícil de entender para mí así que todos: yo, el barman, el pinchadiscos y el segurata, salimos del local, y una de las chicas susurra tímidamente: “nos vemos el próximo septiembre”.
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