sábado, 3 de noviembre de 2012

CUMPLEAÑOS DEL FIN DEL MUNDO





      Le había invitado a su cumpleaños y era el hombre más feliz del mundo. Porque él era un hombre, él era más que un joven de diecinueve; como sólo el amor hace a las personas ser más maduras en sus relaciones con los demás, reduciéndolos a un estado emocional infantil para lanzarlos a descalabrarse, posteriormente, contra algunas de las duras tapias del desengaño. El resorte del amor puede ser así de cruel. Nada nuevo bajo el sol. El sol. “¡Qué extraño color tiene el sol esta tarde!”, pensaba Pablo mirando por la ventana de su habitación. Más naranja e intimidatorio que nunca, el sol era un huevo frito gigantesco a punto de saltarle de la sartén a la cara. Un grupo de breves nubes formaba un marco circular a su alrededor.

      Álex sólo era un amigo, un buen tío. Probablemente Álex no había tenido nada con ella. Había asumido su fracaso. Pobre chico. Él haría que no sufriera demasiado de aquí en adelante, cuando intercambiara besos y abrazos con Marta. - Pablo, vendrás esta noche a mi fiesta de cumpleaños, ¿no?- le dijo Marta al acabar las clases mientras Álex, prudentemente, se alejaba cabizbajo. La frase de Marta todavía flotaba caliente por la habitación de Pablo, enredándose traviesa con las patas de la cama y subiendo a rozarse golfamente con el techo. Faltaba una hora para el feliz encuentro y tenía que darse una ducha. Había tiempo. El barrio de Marta estaba cerca de allí. Todo estaba muy claro. Sobraban las palabras. Las miradas y las sonrisas habían hablado. Iba a ser una gran noche. Desde algún lugar de la ciudad llegaba un ruido de sirenas.

 

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      Una hora y pico después caminaba entre sombras por los jardines de la urbanización. Sabía que la fiesta habría empezado pero no convenía ser demasiado puntual. Estarían Alberto y los demás, y sabía que iban a estar pendientes de él y Marta. Por otra parte, necesitaba tranquilidad. Juzgaba que el entrar en el tumulto de la comenzada fiesta le haría pasar desapercibido; ya habrían empezado a beber, a bailar, a alternar, a tener veinte mil cosas que observar antes que el encuentro de ambos. En momentos como ése los amigos pueden ser una carga. Estaba claro. Y estaba Álex, no había que olvidarlo. Probablemente llegaría pronto en un desesperado intento de disparar su pólvora final, su mojada pólvora final. Pobre chaval. Esperaba por su bien que no viniera. Tal vez algún día pudieran ser amigos.

      En la oscuridad olía fuerte, a atmósfera cargada. Quizás alguna alcantarilla atascada. En las últimas semanas había llovido fuerte. Caminaba por un sendero de losas desiguales rodeado de césped y árboles, llegando casi a la primera línea de casas de la urbanización. En esos momentos pensó en Dante, en Caronte, en que el sendero de losas bien podría ser una barca que surcaba las negras aguas hacia el más allá. La oscuridad del jardín se prestaba a ello. Como en aquellos cuadros que había visto en sus libros de Historia del Arte. Pues aquello era igual. Y estaba la luna, que parecía un sol, o que el sol se había comido la luna… Ahí seguía el huevo frito. ¡Qué color tan raro!. ¿Habría eclipse aquella noche?. No habían dicho nada por televisión. Había una farmacia en la primera línea de casas. Pablo podía ver la cruz verde luciendo entre los árboles. Ese tramo seguía siendo oscuro, y al entrar en la calle anexa comenzaba la zona iluminada por la luz naranja de las farolas, con ese tipo de bombillas que según dicen, gastan poco. En realidad con ellas no se ve un carajo. Al pasar junto a la farmacia, se abrió la puerta y salió Álex.

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      Tras las primeras palabras de sorpresa fingida, el resto del camino lo hicieron juntos. Álex se había echado la mano al bolsillo. El regalo de Marta, seguro. El amor no se compra, chico. -No veas lo que me duele la cabeza- había dicho Álex. – He tenido que entrar a comprar aspirinas. He estado a punto de no venir-. Silencio incómodo y nervioso. La tensión se corta en el aire. No te preocupes, Álex. Seré discreto. -¿Has visto lo de las explosiones?. Viniendo para acá he visto una. Un escape de gas, escuché a los vecinos. Los bomberos ya estaban allí. Se ha llevado una manzana entera. Luego la gente hablaba en el autobús. Ha habido otra cerca de mi barrio esta mañana, según me ha comentado mi hermano. Estos viejos… Se dejan el gas abierto y…- . Álex hablaba nervioso. Al parecer, el dolor de cabeza le hacía decir tonterías.

      Al cruzar una de las esquinas de la urbanización vieron a los bomberos trabajando entre un montón de escombros. Habían acordonado la zona, apartaban a una multitud de personas que miraban la escena con ojos de pavo de navidad. La luz del camión al girar provocaba un extraño efecto de luces y de sombras. Por un momento, las siluetas de los bomberos y su rapidez de movimientos al trabajar les hacía parecer androides mecanizados. Se movían sin rostro, como un ejército silencioso. Pablo pensó otra vez  en Dante y Caronte, el infierno… -¡Joder, macho!. ¡Esto parece la guerra! - , dijo Álex. Cuando siguieron adelante, a Pablo le había parecido ver fugazmente algo volando cargado con un bulto. Fue por un momento.

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      Llegaron al cumpleaños. Hacía rato que había empezado. Todo el mundo estaba distraído en el salón con un karaoke que habían regalado a Marta con canciones de Mecano, entre otras. Allá cantaban todos: “déééjalo yááá, sabes que nuuunca  has ido a Veeenus en un baaarcoooo…”, o algo así. Marta estaba radiante. Álex se despegó inmediatamente de él al entrar en la casa para perderse en el bullicio. Pablo se acercó al grupo de amigos apiñados frente al karaoke mientras iba sacando su regalo de debajo del jersey. Marta se había cansado de imitar a Ana Torroja y había ido en dirección a la cocina. Pablo la siguió y en su camino pasó junto a Álex, que a su vez miraba a Marta sentado en un sofá. Pablo se detuvo frente a él:

 

- Lo llevabas en el bolsillo, ¿eh?.

 

- ¿Qué?- dijo Álex algo distraído apurando un ron con cola.

 

- No, digo el regalo. Lo llevabas en el bolsillo. No me lo querías enseñar,  ¿eh?. ¡Qué cabrón!. ¡Mira el mío!.

 

Desenvolvió una esquina del papel de regalo con cuidado de no romperlo y le enseño una parte del pañuelo con figuras de Piolín que le había comprado a Marta.

 

- Ella es muy infantil. Le vuelven loca los personajes de  la Warner. Le va a encantar.

 

-Seguro – dijo Álex mirando despistado hacia las puertas batientes de la cocina.

 

Pablo siguió hacia la cocina y entró a dar a Marta su regalo.

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      El cuarto ron con cola tomado en el sofá le estaba aclarando las ideas como no lo había hecho la sobriedad. El pañuelo de Piolín pedía a gritos que lo mirasen, abandonado en algún rincón de la casa. Frente al karaoke apenas había tres personas y el resto, parejitas más que nada, bailaban agarrados una canción de mierda por el salón. Alberto se le había pegado en el sofá completamente borracho, y no paraba de decirle que era el tío más de putísima madre que había conocido. En la cabeza de Pablo sonaban explosiones, no sabía si de su interior o de la calle, y una rigidez de cemento le impedía alzar el rostro hacia las parejas que bailaban agarradas por el salón, entre las que estaban Marta y Álex. Comenzó a fabricar una cadeneta mental de negaciones para crearse la ilusión embriagadora de que lo mejor estaba por llegar: Marta no había mirado a través de las puertas batientes hacia Álex en el sofá mientras le estaba entregando el pañuelo, ella no le había dado las gracias fríamente mientras salía de la cocina con su bebida hacia el sofá; ellos no habían hablado durante toda la fiesta, ni se habían acercado, rozado, abrazado, besado y salido a bailar agarrados con las demás parejas. Es más, tampoco se habían cogido de la mano y se dirigían en ese mismo momento escaleras arriba hacia el dormitorio de Marta. Eso tampoco. Eso menos. Annie Lennox cantaba “There must be an angel (playing with my heart)“ cuando Pablo miraba al exterior a través de la ventana. Había mucho jaleo en la calle, parecía Nochevieja. Miró hacia el extraño disco que ardía en el cielo y no pudo más que pensar en un enorme condón de sabor tropical que se reía de él. En su cabeza tenía una tribu de salvajes bailando al son del tam tam. No pudo más. Se desmoronó. No quiso que nadie lo viera llorar. Cruzó el salón como un espectro  entre las parejas, que ya se habían despegado y adoptaban figuras imposibles al son de la música de Eurythmics.

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      Cada zancada que daba amenazaba con dejarlo sin piernas. El corazón se le salía pero ya no le importaba porque, en su desesperación e impotencia, lo creía dañado de muerte. Corría, sí. Corría como un loco escapando de aquel horrible lugar. Ya no podría llegar a Venus en un barco, ¡claro que no se podía ir a Venus en un barco!, ¡qué estúpida canción!. Pero las piernas sí le podían llevar a otros lugares lejos de allí, donde fuera. Las explosiones habían cesado en su cabeza pero no paraba de oír extraños aleteos encima suyo, como si la bandada de piolines del pañuelo que había regalado a Marta se lanzaran riéndose sobre él. Era una situación tan real que incluso sintió un picotazo en la oreja que le dolió bastante. La calle estaba llena de gente corriendo de un lado para otro, gritando desesperada. Chocó con varias personas en su huída. No fue hasta llegar al camino de losas del jardín, bajo la luz verde de la farmacia, cuando se detuvo. “ ¡Eh!, ¿qué pasa aquí?”. Sentía un dolor punzante en la oreja. Se tentó y al mirarse la mano vio sangre en ella y en su jersey. Al contemplarse en el escaparate vio un tajo limpio que le abría en dos la parte superior de la oreja. La visión de la herida, el dolor punzante, la carrera acelerada que se había pegado y el ron con cola en el estomago vacío le provocaron nauseas. Se dobló en dos dando arcadas, dejándose caer en el césped, bajo un árbol. Todo eran gritos y algarabía a su alrededor. Un  montón de llamas asomaba por encima de la farmacia y extrañas sombras voladoras cruzaban el cielo velozmente. Por un momento pensó que eran pájaros asustados pero…, eran demasiado grandes. Unos metros delante de él había un andador tirado, como el que utilizan las personas mayores. Estaba bloqueado, confuso, dolorido, no sabía lo que estaba pasando. Vio luces en el cielo, como cometas, pero pasaban muy cerca. Las explosiones barrían manzanas enteras, barriadas enteras. No era una guerra, no, era algo más horrible. Sólo fue consciente de que el mundo se acababa, de que aquella salvaje orgía de sangre que se desarrollaba a su alrededor era el fin, cuando miró arriba, hacia la parte alta del árbol bajo el que se encontraba y vio a aquella horrible criatura alada posada en la rama, devorando la cabeza del anciano que tenía asido con sus garras.

 

 


 

jueves, 18 de octubre de 2012

MAGIA




La magia se instaló en las copas y en las voces,
como el polvo en las alas de una mariposa.

Y las horas eran el enemigo.

Las horas asesinas y su puñal de tiempo.
Las horas sanadoras de amable conversación.


Sé del reloj oculto en la sombra
que en la estancia todos olvidamos,

como el ojo muerto de un dios doméstico.

El ojo de cristal de un torero tuerto.
Espectador de un milagro que nunca concibió.


Esgrimamos la magia para que su poder perdure,
como el pendón furioso en una batalla perdida,

sabedores del horrible poder del anonimato futuro,

cuando nos encontremos y no nos conozcamos
y el sonido metálico del reloj triunfante
anegue de sombras la estancia de figuras hechizadas

jueves, 3 de mayo de 2012

EL RÍO ASESINADO





Pasos y sombras


que de los pasos


rémoras son


o son escualos


que se devoran


o se vomitan


y se transforman


sobre las aguas,


desde Cartuja


hasta Tablada.





Desconocidas,


fluviales olas


como esturiones


tuercen sus colas;


cada remada,


arremetida


de farolillos


agitanados,


cristales son


acobardados.





Los asesinos del río


secan sus navajas


en el club náutico.

lunes, 13 de febrero de 2012

SABES.

Sabes que el tiempo pasa mientras la tarde de febrero se desgrana, cae al lagar y es pisada en el horizonte. El licor de esta tarde de invierno es de alta graduación, está contraindicado para escritores que no escriben por su alto contenido en melancolía. Presientes la cercanía de una visagra estacional que traerá consigo la primavera pero ya eres demasiado viejo para jugar a comportarte como un idiota herido por Cupido. No es lo mismo. Los balcones son demasiado altos para trepar a ellos y a tu guitarra le faltan dos cuerdas. Seguramente a tu amada se la estará follando otro. No importa.



Tu casa está hecha con las piedras de los caminos que pisaste hasta aquí en tu error. Adelante hallarás mucho más material y parcelas para edificar, presientes, pues tu morada no permanecerá quieta y será preciso proseguir. No te dejes engañar por las estaciones, al fin y al cabo sólo son accidentes. Pero no dejes de escribir y abrígate con una manta en las frías noches de invierno, y guarda algunas piedras para construír una piscina para el verano. Aunque tengas que marcharte no dejes que el sol se quede sin espejo para mirarse en las calurosas tardes, mientras huyes montaña arriba hacia la zona de nieve perpetua.

martes, 27 de diciembre de 2011

LAS BOLAS DEL ÁRBOL DE NAVIDAD.

 Faltaba una semana para  Nochebuena cuando las bolas del árbol de Navidad despertaron de su sueño. Seguro que sabéis de qué bolas hablo. Esas bolas grandes de colores que se ponen en los árboles y que son como espejos donde uno se asoma y ve su cara gigante a medida que se acerca a ellas. Esas bolas que cada vez se ven menos en los árboles de Navidad porque han pasado de moda y hoy día hay otro tipo de adornos como cajas de regalo pequeñas, gorros de Papá Noel, bastones y luces, muchas luces, millones de luces... Ni siquiera los árboles son como los de antes. Hoy son enanos y vienen con un enchufe incorporado, o funcionan a pilas. No hace falta decorarlos ni montarlos. Sólo hay que comprarlos y enchufar; y se pueden colocar en cualquier lado, encima de una mesa, en cualquier sitio... Esta historia que os voy a contar sucedió a un grupo de estas bolas...

   Como he dicho antes, las bolas de Navidad despertaron una semana antes de Nochebuena, porque las bolas de Navidad duermen durante todo el año y sólo despiertan cuando llega esta época. Saben que en cualquier momento alguien va a abrir la caja de cartón donde están para colgarlas en el árbol y por eso se ponen nerviosas, saltan, ríen, se chocan entre ellas... Pero estas bolas de las que hablo hacía años que no reían ni despertaban con ilusión por la llegada de la Navidad. Eran bolas grandes, viejas, y ya no se utilizaban en el árbol. Sus dueños habían comprado otros adornos de ésos que antes os he dicho y ya sólo las sacaban para pegarlas con cinta adhesiva en las paredes, ventanas, puertas..., ya no era como antes. Por todo esto ya no se despertaban con ilusión, alegres, nerviosas, ni chocaban entre ellas sino todo lo contrario. Cuando se acercaba la Nochebuena pensaban que sus dueños iban a abrir la caja para tirarlas a la basura y eso les daba miedo, y también pena. Durante mucho tiempo habían alegrado la casa. ¿Por qué querían ahora deshacerse de ellas?, se preguntaban, y miraban con desconfianza y envidia a los nuevos adornos que lucían en el árbol, desde las paredes, cristales o cualquier rincón donde estuviesen colgadas.

   Pero aquel año era diferente. La semana iba pasando y las bolas seguían, despiertas y miedosas, encerradas en la caja. Nadie abría para mirar y cada vez estaban más inquietas. Entonces la bola rosa, que era muy lista, tuvo una idea:

Podemos usar nuestros poderes para saber si hay otras bolas como nosotras en las otras casas de la ciudad, si sus dueños también se han olvidado de ellas. Así si nos reunimos, tal vez se nos ocurra algo".

"Sííí", -dijeron todas, y chocaron felices. Porque esto es algo que antes no os he contado: las bolas tienen poderes. Si se concentran mucho pueden averiguar con el pensamiento dónde hay bolas como ellas y comunicarse sin palabras. No importa la distancia. El lenguaje de las bolas no es reconocido por el oído humano, por eso no las podemos escuchar.

   Todas aplaudieron la idea de la bola rosa pero eran muy perezosas y para poder usar los poderes había que esforzarse mucho. Todas acordaron que fuera la bola rosa la que lo hiciera y ésta accedió. La bola rosa se colocó en el centro de la caja y empezó a temblar y a sudar purpurina, y notó que en la ciudad había un montón de casas en las que todavía había guardadas cajas que contenían bolas como ellas, solas, abandonadas. Algunas le hablaban desde un cubo de basura, otras iban camino del mismo montadas en un recogedor y chillando de terror. Aquello era como la radio. Todas las bolas hablaban a la vez y a la bola rosa empezó a dolerle todo por el ruido que recibía: " ¡a nosotras no nos quieren!", "¡a nosotras ya no nos cuelgan ni de la pared!", "¡socorro!", "¡salvadnos!"... Eso era lo que escuchaba la bola rosa y eso fue lo que comunicó a sus compañeras. "¡Estamos perdidas!", dijeron, y todas empezaron a temblar.

   Los días de esa semana pasaron como meses, como años; no, como siglos. Todas lo tenían claro. Los dueños iban a deshacerse de ellas. Su tiempo había acabado.

"Esta claro", dijo la bola verde.

"Nunca suelen tardar tanto en decorar el árbol y la casa", dijo la bola azul.

"Ya debería estar la caja abierta y nosotras colgando por las paredes", dijo la bola amarilla.

"Tal vez no nos coloquen o se olviden, pero eso no significa que se deshagan inmediatamente de nosotras. Pueden pasar los meses y entonces habrá pasado la Navidad y lo que nos suceda nos cogerá dormidas", dijo la bola rosa, que además de lista era muy optimista. "Al menos habremos disfrutado de un buen sueño".

"Vamos a ir al cubo de la basura directamente", dijo la bola negra, que en realidad no era de ese color sino plateada, pero como estaban a oscuras lo parecía, y lo veía todo negro. Y esperaron.

   No supieron cuánto tiempo había pasado (las bolas de Navidad son muy malas calculando el tiempo y tampoco llevan reloj) cuando oyeron pasos apresurados y la voz de un niño:

"¿Estaban aquí, papá?".

"¡Espera, Daniel!. ¡No me revuelvas el cuarto de los trastos!", dijo una voz femenina.

"¡Déjalo, mujer!. ¡Yo lo hago!. ¡Descansa!", contestó un hombre. Y la caja se abrió.

   Las bolas vieron la cara del hombre que todas las navidades las sacaba para decorar la casa. Estaba un poco más viejo, pero era el mismo.

"¡Coge algunas, Daniel!. ¡Yo no puedo con todas!". El hombre cogió algunas bolas y se fue. Al instante asomó la cara del niño que habían visto otros años. Había crecido un poco y tenía la cara algo cambiada, pero lo reconocieron. Cogió unas cuantas y preguntó: "Papá, ¿me llevo la caja?". El hombre no contestó y el niño salió corriendo. En la caja quedaron la bola negra, que ahora volvía  a ser plateada,  y la rosa.

"Esto es el fin", decía la plateada.

"¡Ha sido un placer conocerte, hermana!", decía la rosa, que ya no dudaba de su destino.

   Daniel volvió y las cogió. Fueron pasando en las manos del niño por diferentes habitaciones de la casa pero vieron que no iban hacia el salón, que era donde siempre acababan colgadas, ni tampoco hacia la puerta de la calle. Pasaron por el pasillo en  dirección contraria a la que conocían y llegaron a un lugar que nunca antes habían visto. Era un cuarto pequeño y acogedor. La mujer que habían escuchado estaba allí sentada en una silla. Estaba algo cambiada físicamente desde la última vez. Algo más vieja, como el hombre, pero muy pálida y ojerosa, como si estuviera cansada. Tenía un brazo apoyado en el borde de una cuna y un bebé que nunca antes habían visto dormía en ella. El hombre estaba agachado al lado, y se volvió al niño pidiéndole las dos últimas bolas que traía. Los barrotes de la cuna estaban decorados con las restantes bolas de Navidad. En todas ellas se reflejaba la cara del bebé.

   La rosa y la plateada sonrieron antes de ser colocadas con las demás. Ahora comprendían la tardanza de sus dueños en sacarlas. Habían estado muy atareados aquellos días. Esa Navidad iba a ser especial.











martes, 13 de diciembre de 2011

SANA ADVERTENCIA A UN NOBLE QUE AÑORA TIEMPOS PASADOS.

No habrá yelmo donde entren tus mofletes
de amigo tonto del chavo del ocho,
ni madera de héroe, ni aun de Pinocho,
ni de Babieca tienes, ni prometes;

ni siervas que se dejen dar cachetes
(hoy saben mucho las hijas del mocho)
verás por tus tierras. Con calimocho
te sacarán coplas los mozalbetes.

Para la honra de tus damas, ovejas,
carretes al peso habrás de comprar
y emplear en zurcir virgos mil viejas;

y sabrás lo que la espalda es doblar
cuando los moros, captivo tras rejas,
quieran contigo pernada gozar.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

AL AMANECER...

      Llegaron al amanecer, como los fantasmas familiares que se nos aparecen en el cuarto de baño con la primera meada del día cuando el sol todavía no ha salido. Un Seat Toledo gris, cuatro figuras espectrales encapuchadas envueltas en túnicas blancas, una escalera para saltar el muro, unas tenazas para cortar el alambre, el factor sorpresa que brindan los minutos previos al crepúsculo matinal y su efecto narcotizante en los vigilantes de seguridad privada que esperan ansiosos el cambio de turno para volver a casa; por supuesto los cuchillos-sables de cincuenta centímetros de longitud para la “ceremonia de purificación”, el plan hábilmente urdido en una urbanización de lujo por el Jefe Supremo un año antes, la fe ciega y el apoyo incondicional (rozando el fanatismo) de sus discípulos… Y no podemos olvidar el tablero de juego donde se iba a disputar la partida: aquella mediática casa situada en la sierra.



      Las cámaras captaron a las extrañas figuras atravesando el jardín como una procesión. El efecto de la, todavía, oscuridad y los focos de luz instalados en la casa provocaban la ilusión óptica de que aquellos seres extraños y encorbados no apoyaban los pies en el césped al andar sino que rodaban sobre él. Su rapidez de movimientos era extraordinaria y tal vez las personas que estaban a cargo de la realización del programa pensaron que la falta de sueño les hacía ver visiones. “¿Cómo podía ser?”, pensaban. “El personal de seguridad los habría detectado”. Pero el personal de seguridad esperaba lo mismo de las personas a cargo de las cámaras y los realizadores en ese endiablado círculo de reparto de culpas que se establece en una organización más o menos amplia cuando todos son conscientes de que la han cagado y nadie quiere reconocerlo. “Se nos han colado hasta la cocina”, dirían posteriormente en privado. Pero no, no pasaron primero por la cocina. Sabían lo que hacían. Tiraron para el gimnasio donde Ángel, el macho alfa de la casa, el único capaz de presentar alguna resistencia por sus conocimientos de artes marciales y su desarrollada musculatura, amén de su marcada tendencia a zurrar más de la cuenta, se encontraba relajado en el jacuzzi tras haber realizado su sesión diaria de ejercicios matinales. Un tajo en el cuello tiñó el agua de sangre y se puso fin a una brillante carrera de semental televisivo, además de aliviar la carga de trabajo de la Justicia por un juicio pendiente por maltratar a su ex esposa.





      Una vez eliminado todo fue sobre ruedas. Los otros tres concursantes eran presa fácil. Susana, compañera de “edredoning” del ya difunto Ángel, fue acribillada a cuchilladas en la cocina mientras engullía el primer yogurt desnatado con biobífidus del día, elemento indispensable (según ella) en su dieta de pajarito para conservar su belleza. Dicho yogurt había sido el principal protagonista de algunos de los mejores momentos del programa, al ser motivo principal de las discusiones de Susana con el resto de compañeros por pensar los demás que era un despilfarro. “A mí me suda el chocho”, decía la muy puta, con su horrorosa voz nasal de rubia teñida de extrarradio. Las “lenguas de metal sagradas” hablaron y Susana ya no sería portada de Interviú unos meses después, como pensaba. Saldría al día siguiente en las páginas de sucesos de los principales diarios del país.



      El resto fueron daños colaterales, que dirían los yankis. Martín y Nuria, pareja que se había conocido en la casa. El pobre cateto Martín, pastor de ovejas, al que tal vez el aburrimiento en su pueblo natal o una bravuconada etílica de solterón sin peligro en las últimas fiestas ante sus paisanos, le habían llevado a presentarse al casting para entrar allí; “pá conohé la hiudá” como decía el infeliz, y todos se reían más de él que con él cuando lo decía en riguroso directo. Nuria, licenciada en Historia por la Universidad de Sevilla y parada de larga duración, que encontró en Martín la amistad y el amor sinceros  que nunca halló en sus compañeros de carrera, de instituto, de colegio, de guardería, de barrio o de generación en general, en una vida enterrada en libros que injustamente la había conducido al abismo del paro y la desesperación. Una chica tímida con un expediente académico de matrícula de honor. Ambos murieron con una sonrisa mientras dormían abrazados, ni se enteraron. Ya lo dijeron los colaboradores de la tertulia de la semana siguiente a estos desgraciados hechos, líder de audiencia por cierto, cuando retiraron todos los cadáveres de la casa (incluidos los de los cuatro asaltantes de la misma -dos hombres y dos mujeres- que se suicidaron en un último acto litúrgico), cuando ya la policía nacional detuvo al Jefe Supremo y se descubrió el plan.



      Yo, Leandro Guzmán , estaba de reserva para entrar en la casa sustituyendo a la insoportable y ya difunta Susana, cuya futura y esperada expulsión  se veía venir.
Participé en la tertulia postmatanza leyendo una emotiva nota de homenaje que preparé para la ocasión para unas personas que nunca conocí personalmente y con las que ni siquiera hablé o ni siquiera vi. Todo el mundo me aplaudió. Gracias a eso hoy presento un programa estafa- idiotas a altas horas de la madrugada que genera bastante dinero. “Animal con cuernos que embiste de cuatro letras, empieza por T y termina en O. ¡Venga, que es muy fácil y hay mucho dinero en juegoooo…!”.Hay noches en las que cuando me llevan a los estudios de televisión, me siento como un superviviente del Titanic.