Sabes que el tiempo pasa mientras la tarde de febrero se desgrana, cae al lagar y es pisada en el horizonte. El licor de esta tarde de invierno es de alta graduación, está contraindicado para escritores que no escriben por su alto contenido en melancolía. Presientes la cercanía de una visagra estacional que traerá consigo la primavera pero ya eres demasiado viejo para jugar a comportarte como un idiota herido por Cupido. No es lo mismo. Los balcones son demasiado altos para trepar a ellos y a tu guitarra le faltan dos cuerdas. Seguramente a tu amada se la estará follando otro. No importa.
Tu casa está hecha con las piedras de los caminos que pisaste hasta aquí en tu error. Adelante hallarás mucho más material y parcelas para edificar, presientes, pues tu morada no permanecerá quieta y será preciso proseguir. No te dejes engañar por las estaciones, al fin y al cabo sólo son accidentes. Pero no dejes de escribir y abrígate con una manta en las frías noches de invierno, y guarda algunas piedras para construír una piscina para el verano. Aunque tengas que marcharte no dejes que el sol se quede sin espejo para mirarse en las calurosas tardes, mientras huyes montaña arriba hacia la zona de nieve perpetua.
lunes, 13 de febrero de 2012
martes, 27 de diciembre de 2011
LAS BOLAS DEL ÁRBOL DE NAVIDAD.
Faltaba una semana para Nochebuena cuando las bolas del árbol de Navidad despertaron de su sueño. Seguro que sabéis de qué bolas hablo. Esas bolas grandes de colores que se ponen en los árboles y que son como espejos donde uno se asoma y ve su cara gigante a medida que se acerca a ellas. Esas bolas que cada vez se ven menos en los árboles de Navidad porque han pasado de moda y hoy día hay otro tipo de adornos como cajas de regalo pequeñas, gorros de Papá Noel, bastones y luces, muchas luces, millones de luces... Ni siquiera los árboles son como los de antes. Hoy son enanos y vienen con un enchufe incorporado, o funcionan a pilas. No hace falta decorarlos ni montarlos. Sólo hay que comprarlos y enchufar; y se pueden colocar en cualquier lado, encima de una mesa, en cualquier sitio... Esta historia que os voy a contar sucedió a un grupo de estas bolas...
Como he dicho antes, las bolas de Navidad despertaron una semana antes de Nochebuena, porque las bolas de Navidad duermen durante todo el año y sólo despiertan cuando llega esta época. Saben que en cualquier momento alguien va a abrir la caja de cartón donde están para colgarlas en el árbol y por eso se ponen nerviosas, saltan, ríen, se chocan entre ellas... Pero estas bolas de las que hablo hacía años que no reían ni despertaban con ilusión por la llegada de la Navidad. Eran bolas grandes, viejas, y ya no se utilizaban en el árbol. Sus dueños habían comprado otros adornos de ésos que antes os he dicho y ya sólo las sacaban para pegarlas con cinta adhesiva en las paredes, ventanas, puertas..., ya no era como antes. Por todo esto ya no se despertaban con ilusión, alegres, nerviosas, ni chocaban entre ellas sino todo lo contrario. Cuando se acercaba la Nochebuena pensaban que sus dueños iban a abrir la caja para tirarlas a la basura y eso les daba miedo, y también pena. Durante mucho tiempo habían alegrado la casa. ¿Por qué querían ahora deshacerse de ellas?, se preguntaban, y miraban con desconfianza y envidia a los nuevos adornos que lucían en el árbol, desde las paredes, cristales o cualquier rincón donde estuviesen colgadas.
Pero aquel año era diferente. La semana iba pasando y las bolas seguían, despiertas y miedosas, encerradas en la caja. Nadie abría para mirar y cada vez estaban más inquietas. Entonces la bola rosa, que era muy lista, tuvo una idea:
Podemos usar nuestros poderes para saber si hay otras bolas como nosotras en las otras casas de la ciudad, si sus dueños también se han olvidado de ellas. Así si nos reunimos, tal vez se nos ocurra algo".
"Sííí", -dijeron todas, y chocaron felices. Porque esto es algo que antes no os he contado: las bolas tienen poderes. Si se concentran mucho pueden averiguar con el pensamiento dónde hay bolas como ellas y comunicarse sin palabras. No importa la distancia. El lenguaje de las bolas no es reconocido por el oído humano, por eso no las podemos escuchar.
Todas aplaudieron la idea de la bola rosa pero eran muy perezosas y para poder usar los poderes había que esforzarse mucho. Todas acordaron que fuera la bola rosa la que lo hiciera y ésta accedió. La bola rosa se colocó en el centro de la caja y empezó a temblar y a sudar purpurina, y notó que en la ciudad había un montón de casas en las que todavía había guardadas cajas que contenían bolas como ellas, solas, abandonadas. Algunas le hablaban desde un cubo de basura, otras iban camino del mismo montadas en un recogedor y chillando de terror. Aquello era como la radio. Todas las bolas hablaban a la vez y a la bola rosa empezó a dolerle todo por el ruido que recibía: " ¡a nosotras no nos quieren!", "¡a nosotras ya no nos cuelgan ni de la pared!", "¡socorro!", "¡salvadnos!"... Eso era lo que escuchaba la bola rosa y eso fue lo que comunicó a sus compañeras. "¡Estamos perdidas!", dijeron, y todas empezaron a temblar.
Los días de esa semana pasaron como meses, como años; no, como siglos. Todas lo tenían claro. Los dueños iban a deshacerse de ellas. Su tiempo había acabado.
"Esta claro", dijo la bola verde.
"Nunca suelen tardar tanto en decorar el árbol y la casa", dijo la bola azul.
"Ya debería estar la caja abierta y nosotras colgando por las paredes", dijo la bola amarilla.
"Tal vez no nos coloquen o se olviden, pero eso no significa que se deshagan inmediatamente de nosotras. Pueden pasar los meses y entonces habrá pasado la Navidad y lo que nos suceda nos cogerá dormidas", dijo la bola rosa, que además de lista era muy optimista. "Al menos habremos disfrutado de un buen sueño".
"Vamos a ir al cubo de la basura directamente", dijo la bola negra, que en realidad no era de ese color sino plateada, pero como estaban a oscuras lo parecía, y lo veía todo negro. Y esperaron.
No supieron cuánto tiempo había pasado (las bolas de Navidad son muy malas calculando el tiempo y tampoco llevan reloj) cuando oyeron pasos apresurados y la voz de un niño:
"¿Estaban aquí, papá?".
"¡Espera, Daniel!. ¡No me revuelvas el cuarto de los trastos!", dijo una voz femenina.
"¡Déjalo, mujer!. ¡Yo lo hago!. ¡Descansa!", contestó un hombre. Y la caja se abrió.
Las bolas vieron la cara del hombre que todas las navidades las sacaba para decorar la casa. Estaba un poco más viejo, pero era el mismo.
"¡Coge algunas, Daniel!. ¡Yo no puedo con todas!". El hombre cogió algunas bolas y se fue. Al instante asomó la cara del niño que habían visto otros años. Había crecido un poco y tenía la cara algo cambiada, pero lo reconocieron. Cogió unas cuantas y preguntó: "Papá, ¿me llevo la caja?". El hombre no contestó y el niño salió corriendo. En la caja quedaron la bola negra, que ahora volvía a ser plateada, y la rosa.
"Esto es el fin", decía la plateada.
"¡Ha sido un placer conocerte, hermana!", decía la rosa, que ya no dudaba de su destino.
Daniel volvió y las cogió. Fueron pasando en las manos del niño por diferentes habitaciones de la casa pero vieron que no iban hacia el salón, que era donde siempre acababan colgadas, ni tampoco hacia la puerta de la calle. Pasaron por el pasillo en dirección contraria a la que conocían y llegaron a un lugar que nunca antes habían visto. Era un cuarto pequeño y acogedor. La mujer que habían escuchado estaba allí sentada en una silla. Estaba algo cambiada físicamente desde la última vez. Algo más vieja, como el hombre, pero muy pálida y ojerosa, como si estuviera cansada. Tenía un brazo apoyado en el borde de una cuna y un bebé que nunca antes habían visto dormía en ella. El hombre estaba agachado al lado, y se volvió al niño pidiéndole las dos últimas bolas que traía. Los barrotes de la cuna estaban decorados con las restantes bolas de Navidad. En todas ellas se reflejaba la cara del bebé.
La rosa y la plateada sonrieron antes de ser colocadas con las demás. Ahora comprendían la tardanza de sus dueños en sacarlas. Habían estado muy atareados aquellos días. Esa Navidad iba a ser especial.
Como he dicho antes, las bolas de Navidad despertaron una semana antes de Nochebuena, porque las bolas de Navidad duermen durante todo el año y sólo despiertan cuando llega esta época. Saben que en cualquier momento alguien va a abrir la caja de cartón donde están para colgarlas en el árbol y por eso se ponen nerviosas, saltan, ríen, se chocan entre ellas... Pero estas bolas de las que hablo hacía años que no reían ni despertaban con ilusión por la llegada de la Navidad. Eran bolas grandes, viejas, y ya no se utilizaban en el árbol. Sus dueños habían comprado otros adornos de ésos que antes os he dicho y ya sólo las sacaban para pegarlas con cinta adhesiva en las paredes, ventanas, puertas..., ya no era como antes. Por todo esto ya no se despertaban con ilusión, alegres, nerviosas, ni chocaban entre ellas sino todo lo contrario. Cuando se acercaba la Nochebuena pensaban que sus dueños iban a abrir la caja para tirarlas a la basura y eso les daba miedo, y también pena. Durante mucho tiempo habían alegrado la casa. ¿Por qué querían ahora deshacerse de ellas?, se preguntaban, y miraban con desconfianza y envidia a los nuevos adornos que lucían en el árbol, desde las paredes, cristales o cualquier rincón donde estuviesen colgadas.
Pero aquel año era diferente. La semana iba pasando y las bolas seguían, despiertas y miedosas, encerradas en la caja. Nadie abría para mirar y cada vez estaban más inquietas. Entonces la bola rosa, que era muy lista, tuvo una idea:
Podemos usar nuestros poderes para saber si hay otras bolas como nosotras en las otras casas de la ciudad, si sus dueños también se han olvidado de ellas. Así si nos reunimos, tal vez se nos ocurra algo".
"Sííí", -dijeron todas, y chocaron felices. Porque esto es algo que antes no os he contado: las bolas tienen poderes. Si se concentran mucho pueden averiguar con el pensamiento dónde hay bolas como ellas y comunicarse sin palabras. No importa la distancia. El lenguaje de las bolas no es reconocido por el oído humano, por eso no las podemos escuchar.
Todas aplaudieron la idea de la bola rosa pero eran muy perezosas y para poder usar los poderes había que esforzarse mucho. Todas acordaron que fuera la bola rosa la que lo hiciera y ésta accedió. La bola rosa se colocó en el centro de la caja y empezó a temblar y a sudar purpurina, y notó que en la ciudad había un montón de casas en las que todavía había guardadas cajas que contenían bolas como ellas, solas, abandonadas. Algunas le hablaban desde un cubo de basura, otras iban camino del mismo montadas en un recogedor y chillando de terror. Aquello era como la radio. Todas las bolas hablaban a la vez y a la bola rosa empezó a dolerle todo por el ruido que recibía: " ¡a nosotras no nos quieren!", "¡a nosotras ya no nos cuelgan ni de la pared!", "¡socorro!", "¡salvadnos!"... Eso era lo que escuchaba la bola rosa y eso fue lo que comunicó a sus compañeras. "¡Estamos perdidas!", dijeron, y todas empezaron a temblar.
Los días de esa semana pasaron como meses, como años; no, como siglos. Todas lo tenían claro. Los dueños iban a deshacerse de ellas. Su tiempo había acabado.
"Esta claro", dijo la bola verde.
"Nunca suelen tardar tanto en decorar el árbol y la casa", dijo la bola azul.
"Ya debería estar la caja abierta y nosotras colgando por las paredes", dijo la bola amarilla.
"Tal vez no nos coloquen o se olviden, pero eso no significa que se deshagan inmediatamente de nosotras. Pueden pasar los meses y entonces habrá pasado la Navidad y lo que nos suceda nos cogerá dormidas", dijo la bola rosa, que además de lista era muy optimista. "Al menos habremos disfrutado de un buen sueño".
"Vamos a ir al cubo de la basura directamente", dijo la bola negra, que en realidad no era de ese color sino plateada, pero como estaban a oscuras lo parecía, y lo veía todo negro. Y esperaron.
No supieron cuánto tiempo había pasado (las bolas de Navidad son muy malas calculando el tiempo y tampoco llevan reloj) cuando oyeron pasos apresurados y la voz de un niño:
"¿Estaban aquí, papá?".
"¡Espera, Daniel!. ¡No me revuelvas el cuarto de los trastos!", dijo una voz femenina.
"¡Déjalo, mujer!. ¡Yo lo hago!. ¡Descansa!", contestó un hombre. Y la caja se abrió.
Las bolas vieron la cara del hombre que todas las navidades las sacaba para decorar la casa. Estaba un poco más viejo, pero era el mismo.
"¡Coge algunas, Daniel!. ¡Yo no puedo con todas!". El hombre cogió algunas bolas y se fue. Al instante asomó la cara del niño que habían visto otros años. Había crecido un poco y tenía la cara algo cambiada, pero lo reconocieron. Cogió unas cuantas y preguntó: "Papá, ¿me llevo la caja?". El hombre no contestó y el niño salió corriendo. En la caja quedaron la bola negra, que ahora volvía a ser plateada, y la rosa.
"Esto es el fin", decía la plateada.
"¡Ha sido un placer conocerte, hermana!", decía la rosa, que ya no dudaba de su destino.
Daniel volvió y las cogió. Fueron pasando en las manos del niño por diferentes habitaciones de la casa pero vieron que no iban hacia el salón, que era donde siempre acababan colgadas, ni tampoco hacia la puerta de la calle. Pasaron por el pasillo en dirección contraria a la que conocían y llegaron a un lugar que nunca antes habían visto. Era un cuarto pequeño y acogedor. La mujer que habían escuchado estaba allí sentada en una silla. Estaba algo cambiada físicamente desde la última vez. Algo más vieja, como el hombre, pero muy pálida y ojerosa, como si estuviera cansada. Tenía un brazo apoyado en el borde de una cuna y un bebé que nunca antes habían visto dormía en ella. El hombre estaba agachado al lado, y se volvió al niño pidiéndole las dos últimas bolas que traía. Los barrotes de la cuna estaban decorados con las restantes bolas de Navidad. En todas ellas se reflejaba la cara del bebé.
La rosa y la plateada sonrieron antes de ser colocadas con las demás. Ahora comprendían la tardanza de sus dueños en sacarlas. Habían estado muy atareados aquellos días. Esa Navidad iba a ser especial.
martes, 13 de diciembre de 2011
SANA ADVERTENCIA A UN NOBLE QUE AÑORA TIEMPOS PASADOS.
No habrá yelmo donde entren tus mofletes
de amigo tonto del chavo del ocho,
ni madera de héroe, ni aun de Pinocho,
ni de Babieca tienes, ni prometes;
ni siervas que se dejen dar cachetes
(hoy saben mucho las hijas del mocho)
verás por tus tierras. Con calimocho
te sacarán coplas los mozalbetes.
Para la honra de tus damas, ovejas,
carretes al peso habrás de comprar
y emplear en zurcir virgos mil viejas;
y sabrás lo que la espalda es doblar
cuando los moros, captivo tras rejas,
quieran contigo pernada gozar.
de amigo tonto del chavo del ocho,
ni madera de héroe, ni aun de Pinocho,
ni de Babieca tienes, ni prometes;
ni siervas que se dejen dar cachetes
(hoy saben mucho las hijas del mocho)
verás por tus tierras. Con calimocho
te sacarán coplas los mozalbetes.
Para la honra de tus damas, ovejas,
carretes al peso habrás de comprar
y emplear en zurcir virgos mil viejas;
y sabrás lo que la espalda es doblar
cuando los moros, captivo tras rejas,
quieran contigo pernada gozar.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
AL AMANECER...
Llegaron al amanecer, como los fantasmas familiares que se nos aparecen en el cuarto de baño con la primera meada del día cuando el sol todavía no ha salido. Un Seat Toledo gris, cuatro figuras espectrales encapuchadas envueltas en túnicas blancas, una escalera para saltar el muro, unas tenazas para cortar el alambre, el factor sorpresa que brindan los minutos previos al crepúsculo matinal y su efecto narcotizante en los vigilantes de seguridad privada que esperan ansiosos el cambio de turno para volver a casa; por supuesto los cuchillos-sables de cincuenta centímetros de longitud para la “ceremonia de purificación”, el plan hábilmente urdido en una urbanización de lujo por el Jefe Supremo un año antes, la fe ciega y el apoyo incondicional (rozando el fanatismo) de sus discípulos… Y no podemos olvidar el tablero de juego donde se iba a disputar la partida: aquella mediática casa situada en la sierra.
Las cámaras captaron a las extrañas figuras atravesando el jardín como una procesión. El efecto de la, todavía, oscuridad y los focos de luz instalados en la casa provocaban la ilusión óptica de que aquellos seres extraños y encorbados no apoyaban los pies en el césped al andar sino que rodaban sobre él. Su rapidez de movimientos era extraordinaria y tal vez las personas que estaban a cargo de la realización del programa pensaron que la falta de sueño les hacía ver visiones. “¿Cómo podía ser?”, pensaban. “El personal de seguridad los habría detectado”. Pero el personal de seguridad esperaba lo mismo de las personas a cargo de las cámaras y los realizadores en ese endiablado círculo de reparto de culpas que se establece en una organización más o menos amplia cuando todos son conscientes de que la han cagado y nadie quiere reconocerlo. “Se nos han colado hasta la cocina”, dirían posteriormente en privado. Pero no, no pasaron primero por la cocina. Sabían lo que hacían. Tiraron para el gimnasio donde Ángel, el macho alfa de la casa, el único capaz de presentar alguna resistencia por sus conocimientos de artes marciales y su desarrollada musculatura, amén de su marcada tendencia a zurrar más de la cuenta, se encontraba relajado en el jacuzzi tras haber realizado su sesión diaria de ejercicios matinales. Un tajo en el cuello tiñó el agua de sangre y se puso fin a una brillante carrera de semental televisivo, además de aliviar la carga de trabajo de la Justicia por un juicio pendiente por maltratar a su ex esposa.
Una vez eliminado todo fue sobre ruedas. Los otros tres concursantes eran presa fácil. Susana, compañera de “edredoning” del ya difunto Ángel, fue acribillada a cuchilladas en la cocina mientras engullía el primer yogurt desnatado con biobífidus del día, elemento indispensable (según ella) en su dieta de pajarito para conservar su belleza. Dicho yogurt había sido el principal protagonista de algunos de los mejores momentos del programa, al ser motivo principal de las discusiones de Susana con el resto de compañeros por pensar los demás que era un despilfarro. “A mí me suda el chocho”, decía la muy puta, con su horrorosa voz nasal de rubia teñida de extrarradio. Las “lenguas de metal sagradas” hablaron y Susana ya no sería portada de Interviú unos meses después, como pensaba. Saldría al día siguiente en las páginas de sucesos de los principales diarios del país.
El resto fueron daños colaterales, que dirían los yankis. Martín y Nuria, pareja que se había conocido en la casa. El pobre cateto Martín, pastor de ovejas, al que tal vez el aburrimiento en su pueblo natal o una bravuconada etílica de solterón sin peligro en las últimas fiestas ante sus paisanos, le habían llevado a presentarse al casting para entrar allí; “pá conohé la hiudá” como decía el infeliz, y todos se reían más de él que con él cuando lo decía en riguroso directo. Nuria, licenciada en Historia por la Universidad de Sevilla y parada de larga duración, que encontró en Martín la amistad y el amor sinceros que nunca halló en sus compañeros de carrera, de instituto, de colegio, de guardería, de barrio o de generación en general, en una vida enterrada en libros que injustamente la había conducido al abismo del paro y la desesperación. Una chica tímida con un expediente académico de matrícula de honor. Ambos murieron con una sonrisa mientras dormían abrazados, ni se enteraron. Ya lo dijeron los colaboradores de la tertulia de la semana siguiente a estos desgraciados hechos, líder de audiencia por cierto, cuando retiraron todos los cadáveres de la casa (incluidos los de los cuatro asaltantes de la misma -dos hombres y dos mujeres- que se suicidaron en un último acto litúrgico), cuando ya la policía nacional detuvo al Jefe Supremo y se descubrió el plan.
Yo, Leandro Guzmán , estaba de reserva para entrar en la casa sustituyendo a la insoportable y ya difunta Susana, cuya futura y esperada expulsión se veía venir.
Participé en la tertulia postmatanza leyendo una emotiva nota de homenaje que preparé para la ocasión para unas personas que nunca conocí personalmente y con las que ni siquiera hablé o ni siquiera vi. Todo el mundo me aplaudió. Gracias a eso hoy presento un programa estafa- idiotas a altas horas de la madrugada que genera bastante dinero. “Animal con cuernos que embiste de cuatro letras, empieza por T y termina en O. ¡Venga, que es muy fácil y hay mucho dinero en juegoooo…!”.Hay noches en las que cuando me llevan a los estudios de televisión, me siento como un superviviente del Titanic.
domingo, 6 de noviembre de 2011
(...)
Piscinas oscuras.
Agua inmóvil.
Formas de pies de corcho
que del borde se elevaron.
Ya vuelan las últimas
huellas del verano.
El sol que desciende hará el milagro
de unir, desbordando, los estanques.
-"Yo soy luz, tú agua.
Yo tu alma, tú mi carne".
Mueve el viento el dorado espejo.
Los pasos de la tarde ahogados.
Muñecos de tierra y pasto secos
en campos vacíos y desolados.
Humean.
Lejos.
Agua inmóvil.
Formas de pies de corcho
que del borde se elevaron.
Ya vuelan las últimas
huellas del verano.
El sol que desciende hará el milagro
de unir, desbordando, los estanques.
-"Yo soy luz, tú agua.
Yo tu alma, tú mi carne".
Mueve el viento el dorado espejo.
Los pasos de la tarde ahogados.
Muñecos de tierra y pasto secos
en campos vacíos y desolados.
Humean.
Lejos.
martes, 25 de octubre de 2011
LUNA VERDE
La luna verde,
como la pegatina tridimensional
de una pequeña porción del universo.
El rostro del ahogado en un barril de anís
que yo contemplo.
Queso enmohecido.
Déjame pasear por tu jardín de flores
fosilizadas. Déjame decirte cuanta
angustia me causa tu lejana imagen.
Un cadáver flota en el mar respirado
y su sombra se dibuja en los tejados.
Rojas pompas resbalando por las tejas.
Formando parte de una naturaleza
muerta, oculta tras un telón de paja
apilada, en un montón para la quema,
que ya me abrasa.
como la pegatina tridimensional
de una pequeña porción del universo.
El rostro del ahogado en un barril de anís
que yo contemplo.
Queso enmohecido.
Déjame pasear por tu jardín de flores
fosilizadas. Déjame decirte cuanta
angustia me causa tu lejana imagen.
Un cadáver flota en el mar respirado
y su sombra se dibuja en los tejados.
Rojas pompas resbalando por las tejas.
Formando parte de una naturaleza
muerta, oculta tras un telón de paja
apilada, en un montón para la quema,
que ya me abrasa.
VIOLETAS NEGRAS
Bajo tierra hay
una niña que llora.
De sus ojos un árbol
que bebe de sus lágrimas.
Y en lo alto una estrella
que sus padres sujetan
para que no caiga.
Enséñame
tu mano muerta.
Déjame besar
tu falsa alianza,
que brilla con la ausencia
de mi nombre en ella.
Violetas negras
para la niña triste.
Enterrada
entre pétalos de cal.
una niña que llora.
De sus ojos un árbol
que bebe de sus lágrimas.
Y en lo alto una estrella
que sus padres sujetan
para que no caiga.
Enséñame
tu mano muerta.
Déjame besar
tu falsa alianza,
que brilla con la ausencia
de mi nombre en ella.
Violetas negras
para la niña triste.
Enterrada
entre pétalos de cal.
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